Por: Cartas de los lectores

Eduardo Galeano

Hoy (ayer), 13 de abril, se ha transformado, en Montevideo, el escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien gritó gol un 3 de septiembre de 1940 en la capital de Uruguay.
Dos clásicos de su autoría agotaron las librerías, en particular Las venas abiertas de América Latina —su nombre habla por sí solo—, con 64 ediciones.
 
Luego escribió El fútbol a sol y sombra. De la mano de Galeano descubrimos los orígenes remotos del fútbol: los chinos lo jugaban, hace más de 5.000 años, con una pelota llena de estopa, mientras los egipcios la rellenaban de paja, envueltas en telas de variados colores, y entretanto los griegos y los romanos pateaban una vejiga de buey —según Galeano: Julio César era un buen jugador y Nerón no tenía ni idea de patear una pelota—. Las legiones romanas llegaron con la pelota a las islas británicas, donde se sembró para siempre la pasión por el fútbol.
 
Se lo escuché a Eduardo Galeano: “A la selección holandesa la llamaban ‘la Naranja Mecánica’, pero nada tenía de mecánico aquella obra de la imaginación que desconcertaba a todos con sus cambios incesantes. Como ‘la Máquina’ de River , también calumniada por el nombre, aquel fuego naranja iba y venía empujado por el viento sabio que lo traía y lo llevaba: todos atacaban y todos defendían, desplegándose y replegándose vertiginosamente en abanico, y el adversario perdía las huellas ante un equipo donde cada uno era once”.
 
No hay letra pequeña en la obra de Eduardo Galeano. Por el contrario, su creación sigue dándole luz al camino fortuito de la existencia.
 
Uriel Bautista Gamboa. 
Barranquilla.
 
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