Por: Ricardo Bada

Eduardo (m. 13-4-2015)

Éramos amigos, y eso a pesar de que él sabía que a mí no me gustaban sus escrituras. De hecho, su libro más famoso, acerca de la anatomía destazada de su continente, y que se considera[ba] la Biblia del izquierdismo, yo lo leí como si fuese una novela y fue por eso que me gustó.

Un lector mexicano, apostillando un artículo mío donde evocaba al amigo muerto en la revista Nexos, me argumentó en el foro de ese artículo que, obviamente, el libro más emblemático de Eduardo hace una denuncia de los piratas transnacionales y de las élites locales ladronas y asesinas, y añadió: “Esas denuncias, supongo, generalmente corresponden a hechos históricos auténticos y perfectamente documentables. Sin embargo, en realidad el autor no documenta ni mínimamente las acusaciones que allí hace. En otras palabras, no da elementos que le permitirían a su público corroborar ninguno de los hechos que señala (o cuando menos, enterarse de que hay estudios especializados sobre muchos de esos sucesos). Por eso este texto trata a sus lectores como menores de edad que necesitan ser adoctrinados, ya que implícitamente les pide dar por supuesta la buena fe y el rigor histórico del autor. Es una pena que no se haya dado tiempo para tener esa pequeña cortesía intelectual con su numeroso y ávido público”.

Le repliqué que ignoraba cuál es la edición que había leído de ese libro emblemático, pero en la que yo manejo (La Habana, 1971) hay más de 300 notas a pie de página que constituyen una extensa y bien seleccionada bibliografía, documentando y apuntalando lo que se dice en el texto principal. Para nada nos trató Eduardo a sus lectores como menores de edad, y de su buena fe, de su rigor histórico y su cortesía hacia su audiencia hay testimonios más que suficientes.

Como también de que no estaba cegado por ninguna ideología ni escondía los hechos. Así, por ejemplo, al hablar de la triste farsa que es el actual gobierno de Nicaragua, dignos herederos del peor somocismo, Eduardo fue muy explícito: “Seguramente el sandinismo es bastante más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra y en la paz no han sido capaces de perder las cosas”.

Para mí siempre fue un misterio la hostilidad con que se trataba a Eduardo en los círculos dizque biempensantes, incluso de la dizque izquierda. Me recordaba siempre la enemistad enconada que asimismo debió enfrentar un colega y compatriota suyo, por nombre Mario. No se les perdonaba el éxito, supongo. Y no pudiendo atacar el fundamento de lo que señalaban y nombraban por su nombre, los atacaban a ellos. Qué pena que ambos se hayan muerto sin haber escrito el Manual del perfecto avestruz latinoamericano.

 

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