Coronavirus en Colombia: ¿Cómo avanza la reactivación económica en el país?

hace 5 mins
Por: Gustavo Páez Escobar

Eduardo Santa

En diciembre de 1977, hace 42 años, José Restrepo Restrepo, propietario y director de La Patria de Manizales, me obsequió un precioso libro: El pastor y las estrellas, de Eduardo Santa. Por aquellos días mi conocimiento sobre Eduardo Santa era escaso. Años después, con motivo de mi traslado a Bogotá, tuve la oportunidad de entablar amistad con él y penetrar en su mundo creativo. Hoy me precio de poseer 11 de sus obras, de las 38 que conforman su haber literario. La muestra es significativa.

Sobre Eduardo Santa debe decirse que es, ante todo, un escritor polifacético que deja valiosos testimonios acerca de los temas que abordó a partir de 1951, a los 24 años de edad, cuando editó el libro de poesía Sonoro zarzal, y el titulado La provincia perdida, que hizo resaltar su nombre en el país. En cuanto a su fibra poética, que casi nadie notó, es oportuno señalar que esa fue, ni más ni menos, la revelada en el inicio de su carrera literaria.

Este hecho solo vino a ponerse de relieve, 44 años después, con El paso de las nubes (1995), que recoge poemas dispersos que mantenía guardados en sus archivos. Por otra parte, El pastor y las estrellas es un bello trabajo en prosa poética. Sobre este libro dijo Eduardo Carranza que estaba “escrito con la punta del corazón, con la punta del ensueño, por el poeta Eduardo Santa”. Es decir, sus dos primeros libros fueron dictados por la poesía.

El propio Santa no intuía en ese momento que incursionaría además en los campos de la narrativa, la historia, la biografía, las leyes, las costumbres, la sociología, con títulos como Sin tierra para morir, Arrieros y fundadores, Rafael Uribe Uribe, El libro de los oficios de antaño, Cuarto menguante, El general Isidro Parra, Crónica de un bandido legendario, Los caballos de fuego, Las señales de Anteo, Don Quijote por los caminos de América…

Nació en Líbano (Tolima) en 1927, se graduó de abogado en la Universidad Nacional y se especializó en ciencias políticas en la Universidad George Washington. Fue la suya una vida guiada por la inteligencia y dirigida en buena parte al cultivo de la literatura. Tuvo brillante desempeño en la vida académica y universitaria, lo mismo que en la actividad pública. En el gobierno de Alberto Lleras Camargo fue secretario general, director de Acción Comunal y director de Territorios Nacionales. Dirigió durante varios años la Biblioteca Nacional. Obtuvo numerosas condecoraciones.

Releyendo en estos días El Pastor y las estrellas, me encontré con la feliz sorpresa de que Abenámar, pastor de cabras y protagonista de la obra, es el propio Eduardo Santa. Abenámar camina detrás de un lucero que lo lleva por caminos abruptos, por arroyos y bosques, por castillos y parajes medrosos, en los que tiene que defenderse de gente ruin. Para disipar los peligros que surgen a su paso, no deja de tocar su caramillo y mirar la estrella. En un cerro, donde ha coronado la travesía, su esposa Izcai presencia el instante en que el pastor cierra los ojos con absoluta placidez. Y se apaga el lucero.

Luminosa metáfora en la que el escritor se representa a sí mismo en ese personaje desde el comienzo de su carrera en 1951. La estrella era su guía, y se fue en pos de ella por el resto de sus días. Falleció en paz este 2 de mayo, a los 93 años, en medio de la soledad causada por el COVID-19 y teniendo a su lado a su inseparable esposa Ruth. Así había sucedido con Abenámar en la soledad de los montes y bajo el sosiego del alma, cuando muere al lado de su esposa Izcai.

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