Por: Columnista invitado

Educación Étnica en Colombia, un desafío histórico y político

*José Darwin Lenis

La implementación de la etnoeducación reglamentada en el decreto 804 de mayo de 1995 para todas las instituciones escolares oficiales y privadas es una tarea pendiente para el país. Este tipo de educación se sustenta en el derecho de las comunidades y sus miembros de compartir saberes y vivencias con miras mantener, recrear y desarrollar un proyecto global de vida de acuerdo a la cultura, lengua, tradiciones y fueros propios de los grupos étnicos.

Respetar la autonomía de los consejos comunitarios afros, raizales y palenqueros, de la población Rom (gitanos) o de los cabildos indígenas y proporcionar condiciones en las que se pueda desarrollar una educación propia es responsabilidad legal del Estado Colombiano. Compromisos estos refrendados en la constitución de 1991 en la que Colombia se asume como nación pluriétnica y multicultural.

Son más de 1,5 millones de indígenas, más de 5 mil gitanos y 4,5 millones de afrocolombianos que según censo DANE 2005 se reconocen étnicamente. Así, pensar en etnoeducación es tan trascendente como apostarle al bilingüismo o las tics. Porque la educación étnica singulariza la inclusión y rebate la marginación o exclusión que provoca el fracaso escolar. Este tipo de educación le apuesta a la inclusión diferenciada, a equiparar o hacer visible talentos y capacidades que no se miden en la estandarización de  prueba evaluativas o en los procesos de enseñanza y aprendizaje  de los modelos educativos tradicionales.

Una educación inclusiva, dignificante y de calidad responde a las condiciones específicas de las poblaciones, genera investigaciones propias y promueve experiencias significativas entre los integrantes de las comunidades educativas. Por ello, la educación particular para las etnias se basa en los principios de libertad, legitimidad, integralidad, oportunidad y el derecho a la igualdad y la no discriminación.

En concreto, los dos grupos étnicos más grandes, la población indígena y la afrocolombiana están protegidos por las declaraciones de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos. Para el caso indígena el artículo 14 dispone que tienen derecho a establecer y controlar sus sistemas educativos e instituciones docentes que impartan educación en sus propios idiomas. Para las comunidades afro el convenio 169 de la OIT propone viabilizar la enseñanza de una educación pertinente a las condiciones y tradiciones étnicas ancestrales.

Formar desde la etnoeducación genera ventajas educativas relevantes para niños, niñas y jóvenes, puesto que posibilita mitigar el bullying, la discriminación, los prejuicios y la marginación que por desconocimiento cultural de los aportes históricos, políticos y sociales  se ejercen sobre los integrantes de estos grupos étnicos. Además las pedagogías étnicas propicia aprendizajes colaborativos que son reveladores de las prácticas comunitarias y de los saberes interculturales que circulan entre las poblaciones.

Para el caso singular de la población afrodescendiente, el decreto 1122 de 1998, determina el estricto cumplimiento de la Catedra de Estudios Afrocolombianos (CEA) en las instituciones públicas y privadas. Por lo tanto, su implementación es un desafío por la comprensión y apropiación del verdadero significado de una calidad educativa diferencial y equitativa. Allí estriba la importancia de la cátedra de estudios afro y su pretensión de fortalecer el reconocimiento de los aportes históricos, sociales, políticos y culturales  que la población negra-afrocolombiana (NA) ha realizado a la construcción del país. Equívocamente se cree que la orientación de CEA es solo para la población del mismo grupo étnico. Claramente, la cátedra es para todos los estudiantes sin distinción alguna. En este sentido, un desafío clave es fomentar la formación de maestros etnoeducadores y la construcción de modelos etnoeducativos incluyentes, pertinentes y comunitarios donde la pluralidad étnica se incorpore sin reparos o exclusión para potenciar la diversidad cultural como riqueza en la escuela.

Ciudades como Cali y Cartagena con un gran número de afrodescendientes o departamentos como Nariño, Cauca o la Guajira con poblaciones significativamente grandes de indígenas requieren implementar a la mayor brevedad modelos educativos con sentidos étnicos diseñados para movilizar competencias ancestrales que marquen la diferencia en las percepciones, prácticas y conocimientos sociales en los territorios. Lo relevante de la educación étnica está en ser protectora de los saberes, costumbres y el patrimonio material e inmaterial de las poblaciones.

En concordancia con esta visión, la agenda internacional en las últimas dos décadas ha definido una ruta clara para que pervivan prácticas culturales y se agencien discursos de integración de los modelos etnoeducativos en sus tradiciones ancestrales.  LA ONU, LA OEI, la OIT, y los foros mundiales sobre educación de la UNESCO muestran  perspectivas interesantes en la necesidad sentida de acoger los procesos curriculares y las prácticas didácticas como propuestas para concretar en las aulas las estrategias pedagógicas endógenas, unidas al relacionamiento intercultural de saberes  intra e inter-étnicos.

Finalmente, la importancia de la etnoeducación, radica en impulsar la visibilidad integral de los aportes y conocimientos de los grupos étnicos al desarrollo del país y en ayudar a modificar los imaginarios negativos que se han construido sobre las poblaciones minoritarias.

 

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