Por: Humberto de la Calle

Educación: ¿revolución de género?

EL CAMPUS DE CASI TODAS LAS UNIversidades está repleto de mujeres. En efecto, la matrícula universitaria femenina es ligeramente superior a la masculina. Mientras en 1998 las mujeres alcanzaban el 49%, ahora están cerca del 52%. Algún desalumbrado podría concluir que la igualdad de sexos se ha logrado ya. Pero el asunto es un poco más complicado.

La presencia femenina en la educación superior es un fenómeno reciente. En Alemania, durante casi todo el siglo XIX, a las mujeres les estaba prohibido el ingreso. Heidelberg admitió mujeres en 1881, pero sólo como asistentes. En Francia, apenas en 1866, se comenzaron a conferir grados. Más grave aún: Italia acogió mujeres durante el Renacimiento, pero luego les cerró la puerta hasta 1870. Contrasta esto con las universidades anglosajonas, en las cuales la presencia femenina es anterior, y con las norteamericanas que acogieron mujeres en sus aulas desde su nacimiento.

Y en Colombia, sólo en 1934, se presentó un proyecto para abrir la universidad a la mujer. Gerda Westendorp fue admitida a medicina en 1935. Gabriela Peláez fue la primera abogada en 1936. María Carulla fundó en 1936 la primera escuela de trabajo social adscrita a la Universidad del Rosario. Muy pronto se abrió un terreno promisorio: comenzaron los estudios universitarios sobre la mujer, la familia y el niño. Virginia Gutiérrez y Ligia Echeverri fueron pioneras que contribuyeron a promover políticas públicas en este ámbito.

De modo que este 52% de mujeres que pueblan las aulas corresponden a un fenómeno novísimo. Apenas una brizna en términos históricos.

Pero volvamos al principio: ¿significa esto que la revolución de la igualdad ya ha terminado? ¿Que las mujeres han alcanzado la igualdad en el plano académico?

La respuesta es parcialmente negativa. En efecto, esa cifra gruesa encubre una realidad diferente. La presencia de la mujer se da de manera preponderante en carreras “femeninas”. Educación, enfermería, psicología o fisioterapia son campos privilegiados. En cambio, en ingeniería, arquitectura y afines había 10,41% de mujeres en 1998, cifra que ha descendido a 9,30% en 2010. En cambio, en 1998, los hombres llegaban al 21,52%, el doble, y en 2010 están en el 20,12%, que hoy es algo más del doble. En ciencias de la educación había 3,7% de hombres en 1998, cifra que ha permanecido estable hasta hoy. En cambio las mujeres arrancaron en el 4,73% en 1998 y ahora se ubican en el 5,50%. Pero, además, la preponderancia femenina desaparece en la educación superior. En economía, administración y contaduría las mujeres logran un 50% más de la matrícula, cifra consistente durante los 12 años. Pero es una ilusión. Parece que si se desglosa la economía por aparte, cesa el predominio de la mujer.

Es cierto que hemos visto, en breve tiempo, una revolución de género en la educación. Eso es indiscutible. Pero hay campos que se consideran vedados para la mujer. Es, pues, una revolución inconclusa.

Todavía Marie Curie, tomada al azar, sigue siendo una heroína anómala, en un mundo que reserva para los hombres el dominio de las ciencias.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Humberto de la Calle

El triunfo del subdesarrollo

Fiscalía, desbordamiento, verdad

Sobretasa al IVA, a peor

Santo Tomás y los impuestos

En el cementerio nos vemos