Por: Columnista invitado

Educación rural sí, ¡pero no así!

Por: Andrea Parra Triana*

Cada cuatro años el gobierno de turno “pone sobre la mesa”, a través del Plan Nacional de Desarrollo, sus apuestas y prioridades de inversión pública. Esta es, con todas sus disposiciones instrumentales, la manera en que cada administración traza sus objetivos y la base de sus políticas. El contenido de este Plan, entonces, no es un asunto menor para el país.

En un análisis sobre el documento de bases del Plan, Razón Pública1 identificó los 30 temas a los que se les da mayor prioridad teniendo en cuenta su frecuencia de aparición. Según este análisis, territorio es el tema que más aparece mientras paz ocupa el último lugar. Educación está en el octavo lugar con un énfasis en superior y media.

Uno de los objetivos relacionados con educación es “Más y mejor educación rural”. De entrada, puede considerarse un avance que se reconozca la especificidad de la educación rural, que hasta ahora ha sido residual en los programas y políticas educativas. Es importante también que se haya incluido la definición e implementación de la política de educación rural, urgente para estos territorios.

La equidad y el desarrollo aparecen como fines principales para el país y los vehículos para lograrlo son el incremento de la productividad, la agroindustria y la promoción del emprendimiento. Frente a la educación rural se propone “incorporar la formación técnica agropecuaria; alfabetización; y promover la ampliación de oferta técnica, tecnológica y universitaria en áreas relacionadas con el desarrollo rural y las vocaciones regionales” (PND, pág 248). Estas apuestas, coherentes pero que poco tienen de innovadoras, traen consigo la sensación de que una vez más pasarán cuatro años sin que la grave situación de la educación para las ruralidades del país cambie de manera importante.

Hay una ausencia de preguntas profundas sobre las necesidades de transformación del campo y el papel de la educación en estas transformaciones. La idea de una ruralidad cuyo desarrollo se plantea alrededor de la agroindustria poco ha cambiado desde los años 50`s.

Poner en el centro de las propuestas educativas en enfoque técnico amarrado exclusivamente a “las vocaciones productivas” evidencia que las posibilidades para el campo- y lo que se entiende como desarrollo rural- se siguen viendo en relación con una idea particular de productividad que desconoce dimensiones culturales, sociales, científicas, ecológicas y lúdicas.

¿No será que se está pensando en la educación para un niño y joven rural que ya ha venido desapareciendo? Se desconoce a un habitante rural que tiene la necesidad, la capacidad y el derecho de tener herramientas para plantearse otras formas de desarrollo, de buen vivir, de acceso a los recursos, de relacionamiento con la naturaleza, de diálogos con los territorios rurales y urbanos de su país y del mundo. En este camino la educación en las zonas rurales debe formularse también preguntas por la memoria y la reconstrucción de unos lugares que han vivido en medio de la guerra.

Para la educación rural hay que resolver situaciones urgentes como la infraestructura, la permanencia y formación de maestros, el acceso, la calidad, el estado indigno en el que viven los niños en muchos internados, la ausencia de institucionalidad y de fuentes de financiación… La lista es extensa. Pero las soluciones planteadas deben estar atravesadas por preguntas sobre las características de los jóvenes y los territorios rurales hoy, sobre las apuestas territoriales de desarrollo, sobre la manera en que en educación se puede “aterrizar” el tan nombrado enfoque territorial… Frente a la pregunta: ¿La educación para qué en el campo?, las respuestas comunes que se refieren al “cierre de brechas” y la productividad económica se quedan cortas.

La esperanza es que la intención de este gobierno de hacer una política pública para la educación rural se concrete y que se pueda partir de estas y otras preguntas fundamentales. Mientras tanto, habrá que seguir diciendo “educación rural sí, pero no así”.

*Asesora en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

 

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