Educación y religiosidad

EN 1960 EL NÚMERO DE AÑOS PROMEdio de educación de la población mayor de 25 años en América Latina y el Caribe rondaba los tres.

Medio siglo después, la estadística se ha más que duplicado. En los países avanzados en ese mismo periodo se pasó de cerca de siete a más de diez años promedio de educación.

De manera paralela, en varias regiones del mundo ha habido un proceso de secularización. En Canadá y Estados Unidos, el porcentaje de la población que respondía no tener afiliaciones religiosas se cuadruplicó y triplicó, respectivamente, entre  principios de los setenta y comienzos del presente siglo. En Colombia, la suma de aquellos que declaran no tener afiliación religiosa y los ateos, pasó de 5,3% en 1996 a 6,6% en 2009, un crecimiento en menos de tres lustros de 25%.

Los vínculos y retroalimentaciones entre la economía, religiosidad y educación han sido motivo de estudio por mucho tiempo. En la Riqueza de las Naciones, cuna de la ciencia económica,  Adam Smith hizo en el siglo XVIII un paralelo entre los intereses egoístas del clero y aquellos de una empresa privada. Los beneficios de la competencia, los azares de los monopolios y peligros asociados a la regulación gubernamental del “negocio” clerical forman parte de su análisis.

A medida que las estadísticas sobre el tema han ido mejorando, las teorías sobre los vínculos han sido también evaluadas. Por ejemplo, existe evidencia que muestra que la religiosidad aumenta la probabilidad de participación política (probabilidad de votar), incrementa la caridad, reduce niveles de comportamientos riesgosos e incluso ha sido asociado a mejor salud. A su vez, los mayores niveles de educación implican mayores ingresos, mejor satisfacción de vida, mejor salud y mayor participación en actividades cívicas.

Los vínculos entre religión y educación son más controversiales. En un famoso estudio a finales de los 90, Iannaccone mostró que en Estados Unidos la participación religiosa aumentaba con el nivel educativo y la edad de las personas. También argumentó que las mujeres, los negros y los casados tenían mayores niveles de participación en actividades religiosas.

Estos resultados sobre educación y religiosidad no coinciden con las tendencias gruesas a través del tiempo descritas en los primeros párrafos. De hecho, los estudiosos del tema siempre han admitido que la relación empírica en términos de establecer alguna causalidad entre ambos es una labor compleja pues las características e incentivos de los individuos pueden afectar ambas variables simultáneamente. La implicación es que la relación entre ambas puede ser falsa y no reflejar ninguna causalidad. Pues bien, en un reciente estudio publicado en días pasados, Hungerman, de la Universidad de Notre Dame, ha entrado a terciar en el debate. El autor utiliza leyes canadienses que obligan a sus ciudadanos a estudiar, para obtener una fuente de cambios en la educación que no tiene relación con las características de los individuos y, por tanto, poder verificar si la mayor educación (causada por la ley) tiene algún efecto sobre la religiosidad. Los resultados son interesantes. El autor encuentra que un año adicional de educación reduce en cuatro puntos porcentuales la probabilidad de que un individuo se identifique con alguna tradición religiosa. Así pues, la mayor parte de la caída en la afiliación religiosa de los canadienses descrita anteriormente puede ser atribuida al aumento en la educación. A la luz de estos resultados, ¿prohibirá nuestro nuevo co-gobernante, el procurador general de la Nación, la educación en Colombia?

* Profesor de Economía de la Universidad de los Andes

 

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