Por: Columnista invitado

¿Educarse, en pasado o presente?

Por: José Darwin Lenis M.*

En tiempos de un frenético dinamismo ciudadano que exige derechos inclusores,  una renovada aplicación de las tecnológicas en distintos ámbitos, la creciente libertad de cultos y prácticas, una población desesperada y exacerbada por los abrumadores cambios culturales, la escuela está llamada a cambiar la forma de educar.

Este verbo es, ahora, para muchos jóvenes y familias, un paradigma liberador de sus realidades: los estudiantes reclaman a diario cambios escolares en los usos y consumos mediáticos, mayor flexibilidad académica, reconocimiento de preferencias sexuales, porte y uso de otros elementos escolares o simplemente no realizar “tareas”.

Todo esto, gesta una especie de estado de conmoción escolar, donde responsabilidades y compromisos educativos quedan entredicho. Son  muchísimos los profesores y directivos que han entrado en desesperación; quieren que sus estudiantes sepan más, pero de forma contradictoria y generalizada  los estudiantes desean menos.

Además no es extraño que muchas familias evadan sus responsabilidades del proceso formativo de sus hijos, al manifestar su abierta contrariedad a las metodologías de los profesores o actividades planeadas por el colegio. Hoy una gran mayoría de estudiantes y padres establecen, sin mirar atrás, nuevas lógicas escolares, que rebasan los planteamientos educativos de muchos profesores, padres y ciudadanos que añoran el pasado de cátedras de urbanidad y civismo, respaldo incondicional de las familias a la escuela o de actividades dejadas para ampliar conocimientos en casa.

Todas éstas situaciones son del pasado; las extinguió la modernidad social que impone también a la escuela velocidades, espacios, momentos y paradigmas opuestos a los de antaño. Por todo esto, en un país laico, de amplio mestizaje cultural y permanentes contradicciones, se hace valioso pensar e impulsar otro tipo de educación, una educación para la diversidad que respete las diferentes demandas humanas y sociales o de aceptación al otro en su condición de interlocutor válido.

Lo anterior, obliga a la escuela a admitir sin más reparos la diversidad sexual y de género, las discapacidades, las procedencias étnicas y culturales. Porque no está bien en derecho y amplio contexto seguir negando la diversidad en una sociedad modernizada; ya están fuera de lugar las mofas, discriminaciones e inquisiciones por comportamientos u acciones diferentes a los manuales educativos del siglo XX.

Hay que modernizar la escuela y sus modelos, es hora de avanzar en concepciones renovadoras de las tradiciones ultraconservadoras del educar que buscan una verdad absoluta cuando todos sabemos que hay muchas verdades, no sólo una. Dejemos claro que lo que no se discuta en la escuela, se aborda por fuera; por eso carece de sentido que muchos asuntos que los jóvenes ya han definido se aparten de un debate informado, amplio y analítico donde todos aprendamos a ver la diversidad en su integralidad.

Reflexionemos. Si educarse no significa únicamente ir a la escuela, ¿qué educación es pertinente hoy? Una salida para la ciudad y la escuela está en reconocer las diferentes realidades de vida y rediseñar modelos escolares más dispuestos, inclusivos y comprensivos de la pluralidad; de lo contrario, la intolerancia y el irrespeto se fusionarán en una individualidad indolente que afecta pensar un bienestar común. En este sentido, es mejor promover acciones educativas concertadas familia-escuela para los retos que vivimos y los que pronto vendrán.​

* Profesor Universidad ICESI

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