Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Efecto Bergoglio

Desde que en 1964, con su viaje a Tierra Santa, Pablo VI marcó el fin del encierro voluntario que el papado se impuso durante casi un siglo —tras la caída de los Estados Pontificios—, cuatro de los últimos cinco pontífices se aventuraron a peregrinar por el mundo para explayar su mensaje apostólico, y tres pusieron la mira en suelo colombiano.

Pablo VI dio la largada para que El Vaticano traspasara fronteras y extendiera hacia otras latitudes la presencia papal en persona. A lo largo de sus 15 años de pontificado realizó diez travesías por el planeta, y la opinión pública sorprendida, después de tantas décadas de quietud de la diplomacia católica, lo denominó en aquel entonces como el “papa peregrino”. En 1968 se propuso recorrer estos lejanos confines y emprendió una visita oficial de tres días por Bogotá y Medellín, las dos primeras ciudades latinoamericanas que entraron a la agenda de los viajes papales.

Su antecesor, Juan XXIII, en su quinquenio de reinado, tan solo realizó un viaje de peregrinación apostólica al santuario italiano de Loreto y Asís, en 1962, en un viejo tren prestado que lo regresó el mismo día. Previo a ellos, Pío XI y Pío XII habían comenzado a oxigenar su imagen pública a través de la radio y la televisión. En 1931 —tres años luego de que Benito Mussolini adjudicara 44 hectáreas de Roma para crear Ciudad del Vaticano–, Pío XI, con ayuda del marqués e inventor Guglielmo Marconi, inauguró las transmisiones de Radio Vaticano, por cuyas ondas la Iglesia, desde lo local, expresaba sus opiniones al mundo.

El efímero papado de Juan Pablo I —sucesor de Pablo VI—, muerto repentinamente a escasos 33 días de su periodo, dio paso a Juan Pablo II, un verdadero líder global, que en sus 26 años como jefe de la Iglesia Universal impuso un récord de viajes difícil de superar y que muy rápido hizo olvidar las calenturas viajeras del “papa peregrino”. Visitó 130 naciones, rompió tres veces la barrera del sonido a bordo del Concorde de Air France y devoró 1’200.000 kilómetros en trayectos, algo así como 30 veces la vuelta al mundo y tres la distancia que separa a la tierra de la luna.

El “papa viajero”, como se le llamó coloquialmente, también aterrizó en Colombia y durante siete días se desplazó por una decena de ciudades. Bogotá, Chiquinquirá, Cali, Popayán, Tumaco, Medellín, Bucaramanga, Cartagena y la desaparecida Armero fueron epicentro de su dominio escénico y de su presencia carismática, atributos que atrajeron delirantes multitudes por el mundo, como lo registró el impresionante recibimiento en Filipinas, donde cuatro millones de fieles se congregaron en un mismo recinto para escuchar su estrategia de evangelización.

Le siguió el esquivo y dimitente Benedicto XVI, quien permaneció siete años y 135 días al frente de las riendas vaticanas, tiempo durante el cual mostró un mesurado espíritu viajero. Recorrió 28 países, en su mayoría europeos, con un par de salidas a Asia y África y cuatro romerías por territorio americano.

Ahora, Francisco será el tercer papa que incursiona por estas tierras convulsionadas, como única escala de su cuarto periplo por territorio americano en cuatro años y medio de pontificado, en los que ha visitado 29 países. Arribará esta tarde al aeropuerto Eldorado, a bordo de un vuelo chárter de Alitalia, para cumplir una estadía de cinco días por Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena, y lo hará, como es su costumbre, con los protocolos de un pasajero corriente, en clase Business, con una silla reclinable 180 grados para dormir y las comodidades elementales de un servicio aéreo. Siguiendo el protocolo no escrito de los viajes papales, su trayecto por territorio colombiano y su regreso al Vaticano se harán por la aerolínea de bandera local, en este caso Avianca.

Este pontífice jovial, humanista, sencillo, de talante renovador y revolucionario, que viaja “a donde el corazón lo lleve”, particularmente a los lugares en los que pueda ayudar a resolver problemas, es un excelente dinamizador turístico. La ocupación hotelera en las cuatro ciudades anfitrionas está en sus límites, y no menos de 100 millones de dólares estimularán esta semana la economía nacional, gracias a un millón de viajeros, buena parte del exterior, que se estarán pegando la rodadita.

Francisco no solo es un experto en el cielo, como lo presenta el nuncio apostólico, sino un pastor terrenal, que además de fieles sabe congregar turistas en su rebaño. Durante su visita, de carambola, el efecto Bergoglio podría darnos luces para apalancar el genuino camino hacia una paz que por momentos parece llevarse el diablo, o —por lo menos— para encauzar por el buen sendero a tanta oveja negra de nuestro singular y contaminado establo político institucional.

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@Gsilvar5

 

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