Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ejército y destino común

La reconciliación es posible. Naciones cuyas tropas hace un siglo se batían a muerte, buscan ahora organizar la defensa de ideales conjuntos, bajo la protección de un ejército que llevaría una bandera común.

Nada más cruel y sangriento que las guerras que a lo largo de siglos protagonizaron, entre ellas, las potencias europeas. Las dos últimas, en secuencia fatal, dejaron más de cien millones de víctimas. Por eso, nada más ejemplar que su reconciliación contemporánea, bajo el manto de la Unión Europea.

El continente está lleno de cementerios inverosímiles. Cientos de miles de tumbas, desde la Gran Bretaña hasta Rusia, honran a los muertos de una u otra nación. Al tiempo recuerdan la barbarie de la que han sido capaces los habitantes de ese mundo cristiano, que se presenta ante nosotros como ejemplar, por causas que hoy nadie quiere recordar. Tal vez sirvan para la edificación del futuro, como las piedras ocultas que sustentan los mejores cimientos.

Al conmemorar el armisticio que puso fin a las hostilidades de la Primera Guerra Mundial, preámbulo de la segunda, el presidente francés Emmanuel Macron propuso la creación de un ejército europeo. Para sustentar su propuesta invocó la necesidad de resistir a las amenazas del nacionalismo y el populismo, que desde el interior tratan de minar la estructura institucional de la Europa comunitaria. También se refirió a la necesidad de protegerse de China, Rusia, e inclusive de los Estados Unidos, en una época de nuevas dimensiones de competencia, como la del ciberespacio, que exigen el desarrollo de una opción de defensa colectiva.

De las motivaciones anteriores, la que causó más sorpresa, y suscitó más interrogantes, fue la referencia a los Estados Unidos, tradicionales amigos, y protectores de Europa occidental a lo largo del último siglo. Sobre ese particular, Macron afirmó que Europa sería la víctima principal de la reciente decisión estadounidense de retirarse del tratado de desarme de misiles de mediano alcance, que en su momento llegó a suscribir con la desaparecida Unión Soviética.

El mensaje, reiterado en una gira por los campos donde se libraron las más cruentas batallas de la “Gran Guerra”, fue respondido de manera altisonante, como es costumbre, por el Presidente de los Estados Unidos. En cambio encontró eco en el campo alemán.

A través de un trino, principal forma de expresión de su pensamiento, Donald Trump consideró “insultante” la idea del presidente francés. Con ese nivel argumentativo, que tanto le acerca a sus electores de la América provincial y profunda, dijo que los europeos deberían primero pagar las obligaciones que les corresponden en la OTAN, subsidiada largamente por los Estados Unidos. No pareció recordar sus propios insultos de julio pasado, cuando consideró a Europa enemiga de los Estados Unidos “por su comportamiento comercial”.

La Canciller Angela Merkel, en cambio, se sumó a la iniciativa y dijo que los líderes de la Unión Europea deberían un día considerar la opción de contar con un verdadero y real ejército europeo. Aunque tuvo el cuidado de señalar la complementariedad entre dicho ejército y la OTAN, sostuvo que, frente a problemas comunes, como la inmigración ilegal, el cambio climático y el terrorismo, es necesario dejar atrás el esquema según el cual la defensa de Europa no depende solo de los propios europeos.

Aunque a la hora de las cuentas no le falte a Trump un poco de razón, ahí están otra vez los Estados Unidos, bajo su voluble liderazgo, empeñados en el aislamiento y sembrando semillas de discordia que traerían una nueva cosecha de desencuentros. Frente a ello, Francia y Alemania concurren a una discusión que parece inevitable, interesadas en marcar diferencias con los norteamericanos, en el caso francés con tono que recuerda al General De Gaulle, y en el alemán con el acento de Adenauer y Willy Brandt.

Mientras Trump obra como vocero de la América elemental que lo eligió, con argumentos comerciales y presupuestales, Merkel y Macron enfatizan el interés de consolidar la idea de una Europa lo más autónoma posible, que sin salirse de las alianzas esenciales con Occidente, como la OTAN, permitan mantener la unidad que tanto trabajo ha costado y que debe ir más allá de los acuerdos comerciales y el funcionamiento de la economía, para consolidar un bloque político en torno a ideales comunes. Un bloque cuyo fortalecimiento se hace urgente ante la perspectiva del Brexit y la amenaza de nacionalismos que, animados desde el otro lado del Atlántico, ponen en peligro los avances de la Unión.

La idea de organizar algún día un ejército europeo no es otra cosa que una de las metas más ambiciosas del proceso de paz que comenzó con la reconstrucción de la postguerra. Proceso que ha tenido momentos icónicos, que animan a los líderes de ahora a avanzar hacia la obtención de propósitos comunes. La imagen más clara, como referente, tal vez sea el encuentro de Francois Mitterrand y Helmut Kohl, cuando se tomaron de la mano, en señal de reconciliación, en el camposanto de Verdun.

A pesar de que falte mucho tiempo, y tengan que superarse todavía muchas discusiones, para consolidar la idea de contar con un ejército europeo, estaríamos ad portas de una nueva dimensión de la realidad política y estratégica de la Unión Europea, después de haber pasado de la confrontación abierta y sangrienta a la cooperación pacífica y la búsqueda de un destino común.

Los líderes de Francia y Alemania sienten la obligación de defender los logros de una idea de sociedad y de democracia, en torno a una herencia cultural que tiene sólidos denominadores comunes. Parecen comprender que hay imperativos de supervivencia por encima de diferencias naturales y realidades complejas como la ausencia de una lengua común. Y entienden que es preciso marcar una frontera de autonomía frente a poderes extra continentales, que con el argumento de una protección ahora en peligro, les ataban a la voluntad cambiante de centros de poder alejados de su control. Faltaría por ver, en favor de la paz, cómo se plantean las relaciones con Rusia y el conjunto de la Europa oriental.

Bajo el nombre “No entonces, no ahora, jamás”, artistas de 31 países recibieron cubos similares de madera para que crearan obras conmemorativas de la destrucción de la Gran Guerra y de la esperanza de paz. Cada uno, a su manera, expresó el dolor de las rupturas, exhibió los clavos de la memoria y las manchas imborrables de sangre, o armó ataúdes y figuras humanas golpeadas por el dolor. Jean Boghossian, armenio de familia, nacido en Siria, libanés de nacionalidad y radicado en Bruselas, partió el bloque en dos partes, con un quiebre de sinuosidades complejas que se podrían volver a unir, a pesar del fuego que, en el estilo tradicional del artista, las llegó a ahumar. El cierre posible de ese bloque sería el mejor símil del papel de un ejército que, después de las fracturas dolorosas de hace un siglo, aparecería en el escenario, no para ir ahora a hacer la guerra contra nadie, sino como símbolo de unidad y disposición de defensa común de los intereses y los valores de países que resolvieron proseguir juntos el camino de la historia.   

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

Reinventarse o perecer

Trump-madurismo transalpino

En todo caso, Alejandro no era eslavo

¿Dónde están las credenciales?

Ante el acecho del “nacionalpopulismo”