Por: Héctor Abad Faciolince

El Abominable Hombre de los Votos

Cuando escribo del sexo de los ángeles, de la cara de Nefertiti o de los números primos, me acusan de vivir entre las nubes (quién no quisiera ser, siquiera a ratos, un nefelibata) o de estar abusando de la marihuana (y hay períodos en los que me gustaría fumar más de una vez al año).

En cambio cuando escribo de política, tanto la izquierda fanática como la derecha reaccionaria me mientan la madre. Lo cual es desagradable porque mi madre, una señora de la novena edad que jamás ha ejercido el oficio tan alegre que le atribuyen, sufre. Si voy más allá y escribo sobre candidatos específicos de esas cíclicas elecciones que con algo de optimismo podemos llamar democracia, lo que se me viene encima son demandas o amenazas.

“No he de callar por más que con el dedo / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”, dicen unos famosos versos de Quevedo. No puedo callarme y a pesar del dedo amenazante, y de las demandas que penden sobre mi nuca como una espada de Damocles, me siento obligado a decir algunas cosas sobre las elecciones que vienen, pues mucho de lo bueno o malo que nos ocurra en los próximos años se decidirá en las administraciones locales. Por hoy me referiré solamente a la política electoral de las partes donde paso la mayor parte del tiempo: Antioquia, Medellín y Bogotá.

Empiezo por la capital y por los candidatos que lideran las encuestas. El problema que le veo a Petro es que ha sido chavista. Aunque de dientes para afuera diga que ya es ajeno al proyecto del coronel, cuando uno se contagia una vez del cáncer bolivariano, dudo mucho que lo cure una quimioterapia liberal. El problema de Peñalosa es parecido: a última hora y por curiosos cálculos electorales, se declaró uribista. Y entre Chávez y Uribe, que entre el diablo y escoja. (Yo, que soy un pobre diablo, me quedo con Uribe, así sea tapándome la nariz). Un candidato muy bien preparado, que conoce al dedillo los asuntos de Bogotá, es Aurelio Suárez, del Polo. Su problema consiste en algo que hace mucho explicó Karl Popper de una vez y para siempre: las elecciones sirven para premiar o para castigar un partido. Y después de los vergonzosos actos de corrupción de los polistas en el Distrito, votar por alguien del Polo sería lo mismo que premiar a los corruptos.

Volviendo a Popper, si las elecciones sirven para premiar o castigar un tipo de gobierno, lo lógico es que en Medellín y Antioquia se premie a unos y se castigue a otros. En Medellín venimos en una buena racha: dos alcaldes activos, eficientes y decentes: Fajardo y Salazar. El candidato a la Alcaldía que defiende esta línea es Aníbal Gaviria y el electorado tendría que premiar a las administraciones que han ido sacando del hueco a Medellín. A Gaviria se le opone el Abominable Hombre de los Votos. El que deja la ética para los filósofos. El que uno mejor ni menciona porque se le ensucia la boca. Si volviéramos a ese pasado oscuro y turbio de las “zonas seguras” y la “pacificación” a punta de muertos, me tocará exiliarme de Medellín.

Y en cuanto al departamento, cómo será la cosa de sucia que hasta El Colombiano (diario conservador) ha acusado al candidato del Partido Conservador de estar untado hasta el cuello en actos de corrupción. Álvaro Vásquez cuenta con la maquinaria del actual gobernador, un tipo elegido con el apoyo de varios politiqueros que hoy están en la cárcel por parapolítica. Si seguimos a Popper, la elección de Antioquia es lógica y fácil: se castiga al gobernador actual, por incompetente y mal relacionado, y votamos por alguien que ya demostró ser un administrador serio y honrado de los recursos públicos: Sergio Fajardo. Si el matemático Fajardo no gana en mi departamento, la lógica no existe, y mi exilio de Medellín irá más lejos, hasta el extrañamiento y destierro del corazón.

 

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