Por: Héctor Abad Faciolince

El aborto y monseñor Ordóñez

EN UN FORO EN LA PONTIFICIA UNIversidad Javeriana el procurador Ordóñez volvió a arremeter contra el fallo de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto en tres casos: peligro de vida de la madre, embarazo seguido a una violación y graves malformaciones del feto. El ordenamiento jurídico colombiano es muy tímido en materia de aborto si se lo compara con la inmensa mayoría de los países desarrollados. Pero el paso dado por la Corte hace cinco años fue muy importante y debe defenderse.

Pregúnteles monseñor Ordóñez a los ginecólogos de la Facultad de Medicina de la misma Javeriana (o a los de la Pontificia de Medellín) cuál es el procedimiento a seguir en caso de un embarazo ectópico. Les aclaro a aquellos que no lo sepan que el embarazo ectópico ocurre cuando el óvulo fecundado (un ser humano, según monseñor Ordóñez) comienza a crecer y se implanta en el lugar equivocado, generalmente en las trompas de Falopio. Si el embarazo ectópico se detecta temprano, el procedimiento abortivo es químico: se administra una droga que disuelve el feto. Si este se detecta en un estado más avanzado, el procedimiento abortivo es quirúrgico: es necesario sacar al feto antes de que este, con su crecimiento, produzca daños gravísimos en las trompas de Falopio o en otros órganos. Ningún médico sensato, por católico que sea, obliga a la mujer a poner su vida en peligro con tal de proteger a ese “niño”, como llama monseñor Ordóñez a cualquier óvulo fecundado.

Cuando una pareja católica tiene dificultades para llevar a feliz término la plena realización del matrimonio, que según su religión es la procreación, acude a clínicas de fertilidad. Allí, cuando el caso es difícil, se acude a tratamientos que violan las reglas establecidas por los célibes jerarcas eclesiásticos. Para empezar, el semen no es derramado en el único “vaso sagrado” donde no se peca al emitirse (la vagina de la legítima esposa), sino que se deposita directamente en un tubo de vidrio. A la mujer, después de tratamientos hormonales, se le extraen varios óvulos y la fecundación ocurre in vitro. Algunos de estos huevos fecundados (o “niños”, según monseñor Ordóñez) crecen bien, otros mal, otros se mueren. Los que se ven más sanos, de uno a tres, son implantados en el útero de la mujer. Los que se ven menos sanos se echan en una bolsita y se tiran a la basura. Monseñor Ordóñez debería ponerse sus botas de cruzado, ir a las clínicas de fertilidad y organizar bautizos colectivos de esos óvulos fecundados.

También dentro del cuerpo de la mujer ocurren milagros. A veces un óvulo fecundado e implantado donde debe ser, en su proceso de crecimiento se parte en dos. Y en vez de un “niño”, lo que era el fruto de un óvulo y un espermatozoide, se divide en dos “niños”. ¿Qué ocurre con el alma del primero, se parte en dos y queda media alma? ¿O cuando se divide insufla mi Dios un alma nueva? Que nos lo aclare monseñor Ordóñez. Teólogos hubo en la antigüedad que defendían la “animación tardía” y para algunos el alma no se implantaba en el cuerpo del feto hasta el momento del alumbramiento. Seguir a estos teólogos nos evitaría discusiones.

Porque lo cierto es que la vida humana es un continuum, no algo que ocurre solamente con la unión de los gametos. De hecho, como ha demostrado la clonación, con una célula de otro órgano es posible también llevar a cabo la fecundación que conduce, a la larga, a un ser humano hecho y derecho. Muchos católicos, en términos aristotélicos, confunden la potencia con el acto. Porque si nos basáramos en lo que puede llegar a ser un ser humano, entonces tendríamos que proteger todas y cada una de las células del cuerpo: cada escama, cada pelo: en todas ellas podríamos ver el alma de un “niño” en potencia.

 

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