Por: Tatiana Acevedo Guerrero

El abrazo del oso

En contexto de paro agrario y tras los bloqueos en el altiplano cundiboyacense, crecen las expresiones de solidaridad con la causa. La empatía, sin embargo, puede venir acompañada de descripciones peligrosas.

En una columna reciente, por ejemplo, María Antonia García lamenta que los campesinos estén “atrapados en un tiempo miserable, donde sólo existía el suelo de tierra, el agua helada al amanecer y el hambre”. “Nuestro silencio —se lee en su columna— ha permitido pelechar un estancamiento... están atrapados en el siglo XIX”. El texto vuelve a la supuesta distancia que separa al “campo” de la ciudad, pues “el paro... pareciera unir por un momento esos dos mundos fracturados”.

En este análisis, el citadino, que nunca se habría percatado de la existencia del campesino (pero ya llegó la hora: “Hemos cerrado los ojos demasiado tiempo”), sería el llamado a lograr que este avance prospere, o cualquier otra metáfora de esas que van de atrás hacia delante, como las locomotoras santistas: “El apoyo de los citadinos —explica el texto— es la única forma de recuperar su dignidad y de vislumbrar un horizonte de bienestar lejos de su miseria medieval”.

Nada sobre lo diverso del campesinado y sus demandas, o sobre las fronteras invisibles entre campo y ciudad. Ni sobre el trabajo de movimientos campesinos fuertes o la persecución armada al campesinado organizado del Caribe. En este tipo de reflexiones todas las iniciativas estatales por el campo han sido malas, de la misma forma que todos los campesinos son necesariamente estatuas o menores de edad que deben ser acompañados por citadinos. Todo un activismo que termina por reforzar algunas de las ideas que pretende denunciar.

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