Por: Columnista invitado

El acontecimiento del año

Por: Mauricio Rodríguez Múnera

Según cifras del Cerac (un prestigioso centro de pensamiento sobre el conflicto), gracias a los procesos de paz con las Farc y el Eln, 2.830 colombianos que hubiesen sido víctimas del conflicto —de no haber existido dichas negociaciones— podrán celebrar Navidad y Año Nuevo con sus seres queridos.

Este es el hecho más importante del 2017. Lamentablemente la polarización, la corrupción y la desaceleración económica han opacado el logro más importante de la Colombia contemporánea. Los odios y los miedos de gran parte de la sociedad, los egos y las miopías de muchos líderes, el individualismo y la superficialidad de tantos ciudadanos, así como la falta de empatía y de compasión de millones, han tristemente minimizado el inestimable valor de haber salvado estas vidas.

La paz no es simplemente una prioridad política, social o económica. La paz es sobre todo un imperativo ético. La paz es el bien público más preciado de una sociedad. Porque, como muy bien afirma Antanas Mockus, “la vida es sagrada”.

Es cierto que el proceso de paz con las guerrillas ha tenido fallas que de pronto se hubiesen podido evitar o reducir. Es verdad que lo ideal hubiese sido contar con un gran “Acuerdo sobre lo fundamental” (a la usanza británica) en materia política antes de embarcarse en unas negociaciones tan complejas que necesariamente implicarían sacrificios difíciles de aceptar. Sin embargo, se logró —contra viento y marea— ponerle fin a un muy doloroso y costoso conflicto de medio siglo, un hecho histórico no solo para Colombia sino además para el resto de las naciones de América Latina y del mundo (que admiran, sin excepción alguna, este paso trascendental).

Para que apreciemos en su justa dimensión este avance tan significativo, volvamos a lo esencial, lo humano: las miles de vidas que no se perdieron en la absurda confrontación, las miles de familias que en estos días no lloran a sus padres, esposos, hijos, hermanos y amigos sino que celebran con ellos, los millones de colombianos que habitan las antiguas zonas del conflicto que comienzan a disfrutar —así sea parcial y lentamente— los dividendos de la paz, y el resto de los ciudadanos —sin excepción alguna— que tarde o temprano, en mayor o menor grado, nos beneficiaremos con la paz.

El gran propósito nacional para el año entrante debe ser el continuar con la construcción de la paz. Cualquiera que sea el futuro presidente de Colombia tiene la obligación moral y la responsabilidad política suprema de liderar la reconciliación nacional. De lo contrario, todos los demás proyectos que tenga en mente —por buenos que sean— no fructificarían porque serían semillas sembradas en tierra estéril. Y todos los ciudadanos, sin distingo alguno, debemos apoyar sin reservas al nuevo mandatario en la que debe ser su misión más importante y urgente: la preservación de la vida.

* Asesor en temas de liderazgo y periodista.

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