Por: María Elvira Samper

El adefesio de la reelección

Vivir para recordar un país de frágil memoria, que no le ha pasado cuenta de cobro al uribismo, y en concreto a su caudillo el expresidente Uribe, por el adefesio tóxico de la reelección inmediata que promovieron sin escrúpulos, y que se llevó por delante el entramado político e institucional, y erosionó la legitimidad del poder.

Sólo ahora, tras la derrota Óscar Iván Zuluaga, Pacho Santos, uno de los más fogosos y obsecuentes uribistas, reconoce que la reelección fue “un fracaso institucional” y que congresistas del Centro Democrático estarían de acuerdo con la propuesta de presidente Santos de eliminarla. Lo dice sin temblor en la voz y como si no hubiera sido el segundo de a bordo del gobierno que incurrió en todo tipo de irregularidades para cambiar el “articulito” que la prohibía.

El acucioso Pacho hasta ahora se da cuenta de la aberración que fue cambiar la Constitución con nombre propio, de la vulgar estrategia que desarrolló su gobierno para satisfacer la insaciable ambición de poder del presidente Uribe. Olvida que numerosas voces autorizadas se pronunciaron entonces sobre la inconveniencia de resucitar la figura, entre ellas las del exministro Jaime Castro y el historiador Eduardo Posada Carbó, que sostenían que la reelección no es el único camino, ni el más efectivo, para la continuidad de unas políticas, que eso puede lograrse por medios institucionales y políticos distintos, sin causar traumas.

Como Pacho, los promotores de la reforma, su principal beneficiario y su bancada en el Congreso, hicieron oídos sordos a esas voces ilustradas y caso omiso de las lecciones de nuestra turbulenta historia y tradición antireelección. Aprovecharon, en cambio, el clima de opinión favorable a Uribe (72%) y la imagen de mesías que, entre otros, habían contribuido a crearle la mayoría de los medios de comunicación (no la mayoría de columnistas) con la saturación de información sobre el popular y carismático presidente, cuya reelección se convirtió prácticamente en un imperativo categórico. Sin Uribe, la hecatombe.

El proyecto de reforma, redactado por el entonces senador Zuluaga en una reunión con los más fieles uribistas convocada por el asesor Fabio Echeverri —cerebro del cambio del “articulito”—, fue radicada en el Congreso en marzo de 2004. Uribe arrió entonces la bandera de la lucha contra la corrupción —una por las cuales había sido elegido— y el gobierno centró todos los esfuerzos y aplicó el ‘todo vale’ para sacar adelante la reforma. Hubo mermelada y compra de votos a congresistas a cambio de cuotas burocráticas y recursos para sus regiones, y el Congreso, con el aval del gobierno, desplazó proyectos urgentes —reforma tributaria, reforma pensional, reforma de la justicia…—, y en una carrera contra el tiempo consumó el adefesio el 30 de noviembre de 2004.

Vivir para recordar cómo fue engendrada la resurrección de la reelección, a la que le faltó el correlato de los contrapesos para darle garantías a la oposición y equilibrar las desventajas frente al presidente de turno. Un adefesio cocinado al calor de la coyuntura y a la medida del caudillo, que fue reelegido con el apoyo de sectores aliados de los paramilitares, cuyos jefes han confesado que contribuyeron a la financiación de la campaña reeleccionista. Un adefesio que dio paso a los cuatro años más corruptos y siniestros de las últimas décadas —parapolítica, chuzadas del DAS, falsos positivos, negocios de los delfines, Agro Ingreso Seguro, Estupefacientes, Incoder…—. Un adefesio que acaba de devolvérseles a los uribistas como un bumerán. Vivir para recordar.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Samper

Más violencia no destraba el proceso de paz

¿Quién le teme a Vargas Lleras?

Un abismo entre obispos

Fiscal desbocado