Por: Columnista invitado

El ADN de Álvarez Balanta

Para entender mejor cómo a los 21 años se juega con la madurez con que lo hace Éder Álvarez Balanta, hay que ir a su origen: una familia unida, cristiana y futbolera.

Su padre, Wílmer, alcanzó a jugar en Santa Fe; su tío Darley, hoy fiscal en los Llanos Orientales, era un gran puntero con el que jugábamos campeonatos aficionados en las iglesias cristianas de Bogotá.

En ese ambiente vimos por primera vez jugar a un niño cuyas condiciones físicas eran superiores a las de los demás. Le gustaba jugar de 8 o de 5, así el técnico de la selección, José Pékerman, lo esté probando de defensa central.

Con él sucedió algo parecido a lo de Falcao. Apenas lo vio jugar el exfutbolista argentino de Millonarios Silvano Espíndola, lo convocó al partido que hace comenzando cada año para ver nuevas figuras. “A este pibe hay que mandarlo a Argentina ya”, dijo sin dudar, como cuando intuyó que Falcao sería un goleador de talla internacional. En el caso de Éder, lo que siempre ha impresionado es su madurez y tranquilidad para buscar el balón y saber qué hacer con él, aunque contra Japón en Cuiabá lo vimos echarse la defensa al hombro y salvar varios balones de gol.

La mitad del partido le bastó para decir: merezco la titular. “Cómo anticipa este muchacho, dónde lo tenían guardado”, preguntó en el estadio Arena Pantanal un comentarista de la red brasileña Globo. Pudo empezar en Argentina dos años antes, pero la familia de Balanta, como lo llaman en River, no tenía el dinero para pagar los tiquetes hacia Buenos Aires ni su manutención. Una vez lo vieron jugar allá se ganó la titular y ahora suena como nuevo jugador de la Juventus de Turín. Hoy la familia está dichosa y yo celebro con ellos.

Darley, su tío y consejero futbolístico, que imparte justicia luciendo orgulloso la camiseta de la selección o la de River que le regaló su sobrino, me dice: “La clave aquí ha sido la familia, pues Éder Fabián, en lo personal, es reflejo del ambiente imperante en cuanto a formación en diferentes disciplinas del conocimiento académico, los principios de la moral cristiana y modelos deportivos (se refiere al papá y a él) que así no hayan trascendido a nivel profesional lo formaron para ese nivel”.

Crédito aparte le da al padre que vio en su hijo el talento e hizo todos los esfuerzos para formarlo en La Equidad y en la Academia Compensar de Bogotá hasta cuando apareciera la oportunidad. El ADN de Álvarez es también el talento afrocolombiano de Puerto Tejada, Cauca, razón por la cual desde niño siempre lo llevaban para que jugara “con sus ancestros, con los que saben”.

Ahora, cada vez que va a Colombia juega sus picaditos allí y en Villavicencio, donde entre papá, tíos y primos arman dos equipos de gran nivel. De esta tradición familiar surgió el gran jugador que, como Falcao, es fruto de la fórmula familia, valores y disciplina (ya una vez publiqué en El Espectador “El ADN de Falcao”).

¿Por qué impresiona lo que debiera ser una regla en la formación de deportistas de alto rendimiento? Porque Éder Álvarez es una excepción a la regla. La mayoría de los futbolistas colombianos se quedan como promesas porque provienen de familias atomizadas, no tienen formación espiritual ni académica y si su mente es frágil los pies no harán mucho por ellos.

 

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