Por: Ricardo Bada

El agua de Colonia

Soy coloniense de elección y por ello es lógico que quiera celebrar el tricentenario del nacimiento del agua de Colonia, el perfume más popular de la ecúmene, aquel que en nuestro idioma ha logrado el milagro de reducirse al simple nombre de “colonia”, como sinónimo de perfume.

Das Kölnisch Wasser (= Eau de Cologne = agua de Colonia) nace en esta ciudad donde resido el 13 de julio de 1709, ochenta años y un día antes que la Revolución Francesa, en una tienda que aún hoy sigue abierta al público, a un tiro de piedra del Ayuntamiento. Su creador fue un italiano, Johann Baptist Farina, y el primer nombre que tuvo fue “Farina acqua mirabilis”, el agua milagrosa de Farina.

Milagrosa porque oliéndola dejaba uno de oler lo que le rodeaba, y lo que le rodeaba olía de manera inequívoca a mierda, no hay manera de disimularlo con eufemismos. Hoy nos resulta impensable que una persona no se lavase sino una vez al año (las más limpias, dos), pero está inequívocamente documentado que así era. De modo y manera que el olfato humano sufría, y cuánto. Hasta que Farina puso remedio a semejante tortura.

Y esto me recuerda la reflexión tan sencilla como aguda que hizo don Baldomero Sanín Cano sobre la mortandad masiva de indígenas americanos a consecuencia de la llegada de los conquistadores: los indígenas eran gente muy limpia y aseada, mientras que los españoles no conocían la higiene y hedían y atufaban de un modo criminalmente pestífero, de modo y manera que masacraron a los aborígenes por la nariz.

Debo darle la razón a don Baldomero y además reforzar su argumento con lo que explicaba el humorista argentino Enrique Pinti acerca de la promesa que hizo Isabel la Católica de no cambiarse de camisa hasta que capitulase el reino de Granada. Según Pinti, cuando la reina llegó por fin a la vista de la Alhambra, abrió los brazos..., y ay dios de mi vida, ese fue el comienzo de la primera guerra bacteriológica de la historia. Me queda ahora la duda de si Pinti no habrá leído alguna vez aquel ensayo de don Baldomero Sanín Cano, quien residió y publicó durante tantos años en el Río de la Plata.

Sea como fuere, mi amigo Daniel Samper Pizano me explicó un día que, siglos después de la Conquista, cuando la guerra de la independencia, los criollos inermes se defendieron de los bien armados españoles echando mano de recursos parecidos. Y lo documentó con un fragmento del himno nacional: “De Boyacá en los campos el genio de la gloria / con cada espiga un héroe invicto coronó. / Soldados sin coraza ganaron la victoria; / su varonil aliento de escudo les sirvió”.

«Como ves —argumentome Daniel—, el tufo, halitosis o mal aliento de nuestros valientes y desaseados soldados, les sirvió de coraza para espantar a los opresores. Si en aquella época hubiera existido el Kolynos, aún seríamos colonia».

 

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