El alargue

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Esto se alargó, como era previsible. El encierro se prolonga hasta el 25, aunque muchos dirán: ¿pero cuál encierro? En cuanto a los viejitos —los “abuelitos” de Duque—, ese sí creo que irá hasta el final del año. El 2021 nos encontrará con un dígito más alto en la suma “exponencial” de nuestras vidas y uno menos en la cuenta regresiva hacia el final de la existencia. Pero seguimos en la lucha, “resilientes”, al fin.

Ese cumpleaños que nadie nos celebró se nos perdona por ahora, como los pagos que generosamente nos están siendo aplazados. No hay condonación alguna, solamente es un dejar para más adelante los cobros, tanto los económicos como los de la edad.

Nada cambiará mientras no haya justicia social. ¿Eso qué es?, ¿cómo se explicita?, ese tipo de justicia ¿quién la va a representar y ganar electoralmente? Por el momento sólo existe un jueguito infantil de palabras, como decir que un gobierno, el local, es de izquierda y el otro, el nacional, de derecha, mientras la soberana alcaldesa de Bogotá se apuntala para lanzarse por la izquierda cuando falte un año para la contienda presidencial.

Por ahora la mandataria dirá que nada de eso está en su mente acelerada. Harto tiene de qué ocuparse en esta barahúnda imprevisible en que se convirtió gobernar, así sea un mísero poblado. Sin embargo, quienes vamos más despacio en la vida, porque sabemos que ya esto terminó, la vemos, afiebrada, haciendo lo conducente al ideal que se trazó de ser presidenta de Colombia.

Bien que lo intente. Es bonito el viento de libertad y oportunidades que representa. Cuánto mejor que fuera ella y no Petro, de antecedentes violentos, ni el admirado Jorge Robledo, pensador pacifista, por ahora en confinamiento por vejez. Antes ser viejo era importante; Adenauer en la fogosa Alemania de posguerra, la de Erhard, la del milagro, presidió su país a los 90.

Todo seguirá, como vamos. Y no sé si vamos bien o vamos mal. Vamos como podemos, Duque se esfuerza y copa espacios de televisión; ya fatiga, digo, se fatiga él, así como su ministro de Salud. No lo respetan, siendo como es el presidente de la nación, aquel “excelentísimo señor” de los tiempos de Ospina o el muy democrático “señor presidente” de los de Alberto Lleras. Pero no, hoy cualquier noticiero de televisión le corta la palabra por cumplir con el horario.

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Algo queda de presidencialismo y hay que conservarlo, aunque teniendo extremo cuidado. Estamos navegando en esta azarosa cuarentena sin Congreso, en estado de sitio, así lleve otro nombre, con militares pesquisidores y perfiladores, aunque no advierto en el ambiente un Rojas Pinilla (ayer, 10 de mayo, caía del poder) ni un Ruiz Novoa ni un Harold Bedoya (¡!), de generoso aspecto.

 

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