Por: Ignacio Zuleta

El alivio de llegar a octubre

Que tus senderos sean torcidos, sinuosos, solitarios, peligrosos y conduzcan a la más increíble de las vistas”. Edward Abbey

Para sobrevivir lo que deja este septiembre, las palabras de Abbey son perfectas. Un alivio haber salido de este mes que pareció más infausto que otros por la intensidad mediática de su lista de eventos desastrados. No sé si cometí el error de estar demasiado pendiente de los hechos del planeta, o las noticias se colaron a las malas por las ventanas digitales entreabiertas mientras espiaba el paso de los sucesos en el mundo.

Como si el año solar se hubiera terminado, mi mente con septiembre hizo un cierre de cuentas con la esperanza de que ya en octubre, después de esos caminos sinuosos que trepamos, lleguemos a una cumbre desde donde poder apreciar de nuevo las bondades de estar vivos en el aquí y ahora. Ojalá se armen las fichas del rompecabezas de catástrofes de manera pedagógica, para entender otra frase maestra de Edward Abbey: “La sociedad es como un cocido. Si no se agita de vez en cuando, una nata impura flota en su superficie”.

Ya todos conocemos el listado de las noticias marchitas de estos días:

Los muchachos jugando a la guerra nuclear en un terrorismo de Estado muy al estilo ISIS, pero en grande: no es una bomba en el metro en Londres sino La Bomba que creíamos cosas del pasado, con los mismos personajes de película: Trump, Putin, Kim Jong-un y los chinos apagando los furores. Déjá Vu.

El crecimiento de las rabias de la derecha fascista en todo el mundo, que a duras penas le permitió a la Merkel disfrutar de su cuarta elección en Alemania, o los supremacistas blancos que agitan las espumas del cocido del sueño americano sin saber que en realidad desenmascaran una esencia que es mejor ver que no ver.

Las devastadoras sacudidas de la Pachamama, que en México revelaron también una oleada de solidaridad entre congéneres, tan conmovedora que hasta Fernando Vallejo dijo haber recuperado la fe en la humanidad. Requirió una energía de ocho grados en la escala sismológica de Richter.

Y también hicieron su septiembre los aterradores huracanes que aún no cesan de asolar las islas del Caribe y la Florida. Fue desconcertante presenciar un doloroso éxodo masivo en avión y en automóvil y contrastarlo con imágenes paralelas de los desplazados Rohinga a pie descalzo, o los demacrados migrantes del hambre y de la guerra en Somalia y en Sudán. Se le suman los desapercibidos damnificados del monzón más violento de las últimas décadas que inundó gigantescas regiones de India y Bangladesh y sacó a flote cómo afectan con mayor rigor los cambios del planeta a los desfavorecidos de la tierra. Un mundo disparejo.

Fue intenso este septiembre. Queda de bueno que no me tienta morder esa manzana de iPhone X; y llama la atención el suicidio altruista del módulo Cassini en su gran final a la entrada de Saturno después de serpentear por sus anillos; pero lo mejor es quizá que se haya terminado el infame mes del Amor y la Amistad de pacotilla, y la noticia sobre los leopardos de las nieves, que pasaron —como nosotros con la Paz— de “amenazados” a “vulnerables”. Algo es algo. Ah, y ayer fue el día del Ángel de la Guarda.

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