Por: Alberto López de Mesa

El alma del guerrero

El dramaturgo griego Sófocles, en su obra Antígona, sustenta la tragedia con el enfrentamiento de los hermanos Eteocles y Polinices cuyo desenlace es la muerte de ambos. El poeta ya advertía la fatalidad inexorable en toda guerra civil, el inevitable enfrentamiento de parientes y allegados en las guerras internas de un mismo pueblo, en los conflictos armados entre paisanos.

Imagino niños de una escuela rural en el Catatumbo, en los Montes de María o en el Putumayo, compartiendo juegos y risas en los recreos, practicando afectividades sinceras del ambiente veredal, pero un día encauzan su destino en las ofertas de la guerra que los rodea y unos se integran a la seguridad particular de un hacendado, otros se enrolan en las guerrillas, estos en tropas de narcotraficantes y aquellos son reclutados por el Ejército nacional. Tarde o temprano, olvidan el cariño infantil y terminan matándose ente si.

La elección voluntaria de la vida militar puede obedecer a razones psicológicas, culturales, económicas, ideológicas o todas a la vez. Pero el acto de reconocerse de un bando y en consecuencia combatir al enemigo, no obstante sea mi paisano, mi amigo y aún mi hermano, requiere una reestructuración de la conciencia, el ser anula los valores éticos o los remplaza.

Los Ejércitos saben esto, por eso los batallones suelen integrarlos con soldados que no sean de la región en donde operan para evitar que los sentimentalismos interfieran con la misión del tropero. Pero también es cierto que son más eficaces los soldados que conocen bien la zona en la que se combate. Es allí donde los comandantes deben saber inculcar en el alma del guerrero los preceptos y/o razones que motivan su guerra: La defensa de la patria, el honor militar, la ideología, el odio, el botín de guerra, la remuneración económica…

El racismo, el clasismo, la xenofobia, todos los rencores infundados sirven para moldear en el odio el cerebro del soldado, es así como obedece sin discusión la orden de ejecutar a un civil y vestirlo como el enemigo para hacerlo pasar por “positivo”. Se atreven a matar al vecino y hacerlo pasar por víctima del combate, por la recompensa económica o el mero ascenso.

Las bandas armadas de narcotraficantes usan cascos, botas, camuflados porque la apariencia militar intimida a las poblaciones por donde se mueven y, a la vez, infunde seguridad a la tropa. Se saben al margen y perseguidos por la ley, luego la íntima consigna de su guerra es: por la plata mato y me hago matar. Viven en paranoia perpetua, cualquiera puede ser un soplón, el que se oponga o discuta su actuar es enemigo y debe morir.

Los disidentes de las FARC y los del ELN ya desvirtuaron los argumentos ideológicos de su lucha original, Medio siglo guerreando, pervirtieron las causas y ahora los medios para sustentar la lucha se volvieron el fin. Un guerrillero de hoy, puede, a sangre fría, bombardear el pueblito donde nació porque supo que allí hay paracos, bombardea un oleoducto aunque se joda el río de su infancia en el que aún se bañan sus parientes.

Más trágico que en la obra de Sófocles es el destino que las guerras actuales le han deparado a la juventud rural de Colombia.

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