Por: Lorenzo Madrigal

El alucinante mundo de las cancillerías

ALGO DESCONCERTANTE Y DIVERtido debe vivirse en el interior de las sedes y residencias diplomáticas.

Diplomacia que se inventó el mundo civilizado para atemperar las tensiones entre los países, con un montón de mentirijillas, como de Arcadia feliz, situación artificial que en ocasiones se rompe y de improviso da al traste con las buenas maneras y la cordialidad fingida.

Que el embajador viene, que el embajador se va, llamado “a consultas”, que se congelaron las relaciones, que pronto se reanudan. Los maletines y el menaje de los embajadores son a menudo precarios para permitir rápidas mudanzas, como las que les ocasiona el veleidoso gobierno de Venezuela a sus emisarios diplomáticos.

El embajador la pasa bien. Disfruta del especial respeto que le brinda el país ante el cual se acredita y donde actúa como relacionista de buenos oficios y de coctel diario, sin dejar de pisar su propio territorio, gracias a la ficción jurídica de la extraterritorialidad.

Un asunto enojoso le incumbe manejar en ocasiones (si bien, una maravillosa categoría jurídica), cual es la de los asilados que saltan (saltaban) la barda de los antejardines y quedan a salvo de las persecutorias locales y a merced de la acogida del respectivo embajador, el cual respeta, por lo general, el asilo político, si éste es ostensible.

Muchas veces se recuerda a Víctor Raúl Haya de la Torre, perseguido por el dictador peruano Manuel Odría y acogido por nuestro embajador en Lima, Carlos Echeverri Cortés, durante cinco años, en los cuales ninguna acción en contra pudo ejercer el dictador ni la Cancillería de Torre Tagle, pues era época de grandes respetos internacionales.

Contamos hoy en día con dos sedes diplomáticas temporalmente vacías, la de Ecuador y la de Venezuela, al menos una de ellas hermosa mansión de época, en las que apenas empleados muy subalternos sacuden las porcelanas y cubren los muebles, mientras la veleidad de sus gobiernos restaura al alto funcionario que ha de ocuparlas.

Cuando se anuncia un nuevo embajador, hay minutos de efervescencia que poco duran, pues no alcanza a presentar las cartas credenciales, tal como le ocurrió al venezolano embajador Márquez (no Iván), cuando ya debe regresar “en consultas”, según el mudable amor y desamor Chávez-Uribe Vélez, entre los cuales no me cabe la menor duda, existe una sinuosa simpatía.

Episodio escalofriante el del embajador Alfonso López Pumarejo, en Londres, a quien su secretaria le preguntó, cuando ya no se levantaba de su lecho de enfermo: “¿Qué tenemos para hoy, señor embajador?”, a lo que el ex presidente y excelso diplomático le respondió: “Para hoy tenemos que el embajador se muere”.

 

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