Por: Julio Carrizosa Umaña

El ambientalismo y la paz V

El mensaje que le envíanos los ambientalistas a los reformistas rurales del postacuerdo tiene dos caras: una prudente y otra entusiasta.

 

La prudente informa la diversidad y complejidad de los ecosistemas en que se debe realizar la reforma, el cambio climático que los hace más impredecibles, la escases comprobada de suelos buenos, la erosión de la mayoría de las laderas, la urbanización de los suelos de mayor fertilidad natural, la contaminación extrema de las aguas en la cuenca Magdalena-Cauca, la dificultad de evitar las plagas en ecosistemas desequilibrados en donde la fauna silvestre ha sido diezmada, la deforestación incontrolable y en general el deterioro creciente y acelerado de la mayoría de los ecosistemas dentro de la frontera agropecuaria.
La cara entusiasta les recuerda que el campo colombiano fue un buen vividero antes de la guerra, que es más fácil lograr la dignidad y el buen vivir en los paisajes campestres, que en Colombia apenas empiezan a ensayarse las soluciones que proporcionan la agricultura orgánica y la agricultura ecológica, que es perfectamente posible y rentable convertir más de 10 millones de hectáreas en bosques productivos, que se ha demostrado que los peces regresan a las corrientes cuando se elimina la contaminación, que la belleza y la diversidad de nuestros ecosistemas podrían recrear a millones de visitantes y que el resto del país confía en los campesinos restauren y conserven los servicios de los ecosistemas y están dispuestos a retribuirles como protectores del territorio.
Ambas caras tienen un contexto común: la irreductible realidad de la dimensión del territorio, sus límites y sus peculiaridades, la magnitud, 10 a 12 millones, de la población ya instalada en el campo, su concentración en la cuenca más contaminada, el desplazamiento de casi seis millones de personas forzadas y varios centenares de miles de otros que decidieron voluntariamente trasladarse a las ciudades perdiéndose así buena parte del saber rural, los traumatismos socioculturales y la pobreza sufrida por todos los habitantes del campo y la debilidad de la educación recibida durante todos estos años de guerra, corrupción y narcotráfico.
La consideración de este contexto implica reconocer que la paz no es fácilmente alcanzable si no se considera la totalidad del territorio, lo urbano y lo rural unidos, tal como sucede en la realidad y que las responsabilidades fundamentales de los colombianos son comprender esa totalidad y obrar para modificarla.

 

*Exdirector del Inderena

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