Por: Héctor Abad Faciolince

El amor al prójimo

EN ALGÚN LIBRO DE AMOS OZ EN- contré una vez la crítica más sincera a la mística del amor predicada por el cristianismo.

Oz sostenía que uno en la vida puede amar a diez personas, tal vez a 20, si tiene mucha suerte, pero que amar al prójimo (a todos los demás) es un mandamiento bastante irreal e irrealizable, que conduce sobre todo a la hipocresía. No es verdad que los cristianos amen al prójimo. Si fuera verdad, ningún cristiano se compraría más de un par de zapatos y dos o tres camisas. El resto del dinero destinado al vestuario se usaría para socorrer a los que amamos, nuestro prójimo, que pueden vivir en el sur de la India o en Pavarandó.

 Pensemos en el amor humano más hondo y común: el amor a los hijos. Casi cualquiera que tenga un hijo con hambre, no sólo no se compraría otra camisa, sino que se sacaría el pan de la boca, como se dice, para dárselo al hijo. Si uno de verdad amara al prójimo como ama a los hijos, ningún cristiano se compraría nunca otra camisa —otro reloj, otro carro, otro perro— antes de darle de comer a la persona amada. No es verdad que seamos capaces de amar al prójimo como amamos a nuestros hijos. Al menos si se le da al verbo amar todo el real significado que tiene.

Pregúntese cualquier persona, en la intimidad de su conciencia —no hace falta que lo diga a los cuatro vientos—, qué decidiría si se le planteara el siguiente dilema moral: Un Ser Todopoderoso le informa que mil niños morirán mañana de hambre en la China, salvo que usted esté dispuesto a hacer un sacrificio: cortarle un brazo al propio hijo. Yo creo que lo común, ante este ejercicio mental, es que todo padre y toda madre escoja la muerte de los niños chinos, en vez de sacrificar el brazo del hijo. Y es muy probable que escojan lo mismo si el dilema se plantea con el dedo meñique. La moral espontánea humana es tremendamente protectiva con los más próximos y terriblemente indiferente con el prójimo más lejano.

Si pregunto, qué prefieres (y uno tiene dos botones para decidirlo impunemente), que se muera tu hija o que se mueran 300 mil personas desconocidas en un tsunami en Ceilán, la gran mayoría de las personas hundiría el botón que mata a los 300 mil desconocidos. Esto, para la moral objetiva de un marciano que observara la escena (o para un dios del Olimpo), es monstruoso. Pero cualquier humano sincero reconoce que su mente es así.

La boca se nos llena todos los días con palabras vibrantes de buenos sentimientos hacia el prójimo, y sobre todo los cristianos viven embelesados en su mística del amor, pero sin llevarla nunca a sus últimas consecuencias. En esto los cristianos se parecen mucho a la devoción por “el pueblo” que manifiesta la vieja izquierda. Si uno de verdad sintiera solidaridad absoluta por el pueblo en abstracto, por cualquier persona perteneciente al pueblo, sin importar su lejanía o cercanía de nuestra casa, entonces un debate sobre el TLC carecería de sentido. Supongamos que el TLC sea benéfico para el pueblo gringo: excelente. Supongamos que el TLC sea bueno para el pueblo colombiano: magnífico. En cualquiera de los dos casos gana el pueblo. ¿Por qué deberíamos preferir al pueblo colombiano en vez del pueblo de Estados Unidos? Pues, en el fondo, por la misma moral —bastante inmoral— de la cercanía familiar. No preferimos al pueblo en abstracto sino al pueblo más vecino, al que esté más cerca de nuestra familia. Y esto es comprensible en términos puramente egoístas y familiares. Prefiero a mi pueblo porque mi familia estará mejor y vivirá más tranquila si el pueblo que la rodea tiene mejores condiciones de vida. Esto es razonable: pero es de un egoísmo abyecto, de un nacionalismo burdo. Y sin embargo es: no amamos al prójimo, preferimos a los muy próximos. Y tampoco defendemos los intereses del pueblo. Defendemos los intereses del pueblo más cercano a nuestra familia. Así somos los humanos: horribles. Pero es mejor conocerse bien que predicar un amor que nadie, o casi nadie, siente.

 

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