Por: Mauricio Rubio

El amor que envenena mujeres

“La liberación femenina solo quedará completa cuando las mujeres logren desinvertir en el amor”, afirma Peggy Sastre, irreverente feminista francesa.

Para ilustrar su sentencia menciona a Valérie Trierweiler, engañada por su compañero, François Hollande. Al enterarse de su aventura con la actriz Julie Gayet a finales de 2013, la primera dama, destruida, consumió mucho sedante antes de publicar un libro sobre su sacrificio emocional. Cuenta cómo fue capaz de “conducir cinco horas por un momento robado de intimidad, antes de tomar la autopista en contravía. Momentos de embriaguez que solo el amor loco puede producir”.

Otra célebre cornuda fue Anne Sinclair, expareja de Dominique Strauss-Kahn, cuyos levantes y acosos eran vox populi. Ella admite que al casarse “sabía que era un seductor”, pero siempre ignoró esos rumores. “A menudo fui a preguntarle si esas cosas eran ciertas o no. Él sabía desmentirlas, y tranquilizarme”. DSK logró hacerlo tan bien que tuvo un crío en otro nido.

Nadie diría que estas dos mujeres eran ingenuas e inexpertas. Ambas, periodistas curtidas, habían conquistado en franca lid a sus respectivos machos alfa, quitándoselos a las madres de sus hijos. Cuando empezó su romance clandestino con Hollande, Trierweiler se sintió “enteramente arrebatada por los sentimientos, por la pasión, y ni por un segundo pensé en las consecuencias”.

Tres años tardó Isabel Fernanda del Río en revelar que era la misteriosa amante maltratada por el Bolillo Gómez en un bar bogotano. Lo conoció en medio de una pelea con una aventura anterior. La impresionó ese hombre que “hablaba sobre las mujeres de forma muy despectiva”. Él le contó que a pesar de la fama se sentía muy solo. “Me conmovió su sinceridad”. Después de un almuerzo y un partido en TV acompañado con una cerveza “sentí que era un hombre noble. Ese día me dijo que había terminado con su novia”. Fue una relación con altibajos, “yo quería y no quería. Él tenía 46 años y yo 22. Me atraía demasiado y a veces no entendía por qué”. No recuerda la golpiza que detonó el escándalo.

Estos tres casos encajan en el escenario del martirio amoroso. Tienen en común lo que Peggy Sastre considera un mal muy femenino: enamorarse de quien no corresponde con una entrega recíproca, embarcarse en una relación que envenena, o que embaraza.

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2015 no da pistas sobre los eventuales vínculos amorosos detrás de las relaciones. Pero sí permite sospechar que las mujeres de este país no siempre se sienten cómodas con el sexo sin enamoramiento ni compromiso, sin el respaldo de una relación permanente. A partir de cierta edad, las colombianas que no están emparejadas prácticamente dejan de hacer el amor, privilegio que las separadas reservan ante todo para su ex. El sexo casual, fuera de una pareja formal, es poco común. Y así ocurre desde jóvenes: las adolescentes que empiezan su actividad sexual a edades cada vez más tempranas también se están casando o uniendo con una velocidad inverosímil. Para muchas, más que liberación sexual se está dando un inusitado afán por vivir su propio hogar. Si las cuarentonas actuales reportan haberse casado o establecido por primera vez con su parejo hacia los 20 años, entre las veinteañeras la cifra baja a 17 y para algunas adolescentes ya llega a menos de 14. La actividad sexual como parte de la vida de soltera parece incomodarlas: ese período ha bajado continuamente de los dos años y medio que esperaron para comprometerse las mujeres que hoy son adultas a los pocos meses que reportan las adolescentes actuales. Para los hombres el lapso también se redujo, pero permanece superior al de las mujeres.

Sería insensato ignorar estos datos al hablar de embarazo adolescente. Burlándose del candidato Duque, progresistas con más ingenuidad que información aún piensan en problemas como el descuido juvenil, el desconocimiento el condón, la incapacidad para pagar la matrícula escolar o la ilegalidad del aborto. Nadie habla del inicio sexual y la búsqueda de pareja formal precoces. Hace unos años, con estudiantes del Externado recogimos testimonios de madres adolescentes. Quedó claro que a las entrevistadas les faltaban más lecturas tipo Peggy Sastre que manuales de educación sexual. Lina, por ejemplo, explica su razón para abandonar el colegio y ser madre: el amor. “Perdí la virginidad con él. En general no utilizábamos condón. Duramos así seis meses, me dejó y yo seguía enamorada. Me pareció que un hijo sería la llave para la felicidad y que él volvería. Fui a su casa, le dije que esa era la despedida. Empezamos a tomar hasta que lo emborraché, lo hicimos y quedé embarazada”.

* Facultad de Economía – Externado de Colombia.

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