Por: César Rodríguez Garavito

El “amor radical” puede derrotar al populismo

Hace no mucho le preguntaron al estratega político del momento —el turco Ates Ilyas Bassoy, director de la campaña que le ganó la Alcaldía de Estambul al partido del todopoderoso presidente Erdogan— cuál era su receta. “El amor radical”, contestó Bassoy, sonando más como líder espiritual que político. Pero los resultados le dieron la razón. Su candidato, el ahora alcalde Ekrem Imamoglu, le ganó nítidamente al ungido por Erdogan. No una, sino dos veces, porque el presidente turco, como otros populistas autoritarios, hizo invalidar la primera elección por haberla perdido.

Como sé que muchos lectores de esta columna pueden rechazar de entrada el lenguaje aparentemente Nueva Era, les pido unos párrafos de paciencia para explicar aquello del amor radical. ¿En qué consiste? En ignorar al caudillo —de derecha o de izquierda: Erdogan, Maduro, Uribe, Bolsonaro, da igual—,“pero amar a los que lo aman”, según Bassoy.

Lo del amor es deseable, pero puede ser una hipérbole. Si uno lee el manual de campaña de Bassoy y ve lo que hizo su candidato, lo que se necesita es tomar en serio y no descalificar a los seguidores de los movimientos y gobiernos populistas. En lugar de imitar la estrategia populista de atizar el odio y las divisiones, políticos progresistas como Imamoglu están mostrando que el antídoto son los mensajes de empatía y esperanza. En lugar de alimentar el matoneo ególatra de las redes sociales que divide a la sociedad entre “ellos y nosotros”, la fórmula antipopulista puede ser reconocer y tender puentes con los temores, las preocupaciones y la forma de vida de la otra mitad de la población. Por eso Imamoglu no descalificó a los votantes religiosos de Erdogan, sino que apeló elocuentemente a su descontento con el impacto que ha tenido sobre ellos la crisis económica turca, que afecta a toda la población.

No solo el caso turco demuestra que hay que enfrentar la política de odio con otras herramientas. La misma lección surge de los estudios recientes de sicólogos sociales y neurocientíficos, que muestran cómo los seres humanos nos parapetamos detrás de las murallas de nuestra tribu ideológica cuando el otro bando transmite mensajes de miedo y división. Las turbas antipopulistas que se encienden en redes sociales generan el mismo efecto que los trolls uribistas o bolsonaristas: activan el temeroso chimpancé que llevamos por dentro y redobla nuestras defensas y nuestros prejuicios. El resultado está a la vista: la polarización política degenera en la tribalización social de la que se alimentan los populistas autoritarios del mundo.

Todo lo cual me recuerda un consejo brillante y ya viejo de Saul Alinsky, el célebre activista social estadounidense. La rabia y la indignación ante la injusticia son un buen comienzo para el activismo político, porque encienden la voluntad de hacer algo. Pero la rabia es un combustible que se consume pronto. Para sostener la movilización en el largo plazo, como la que se necesita para revertir la ola populista actual, es indispensable pasar de la rabia a la esperanza, como diría Alinsky. Que es otra palabra para el amor.

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2019-07-11T13:34:40-05:00

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