Por: Santiago Gamboa

El amor uribista

Después de una noche intranquila, me desperté convertido en un horrible escritor de teleseries. Había cenado bandeja paisa y soñé que un productor de Netflix y otro de la cadena franco-alemana Arte me buscaban con una propuesta: “Queremos que escribas la gran historia de amor colombiana contemporánea”, dijo el de Netflix. Yo me restregué los ojos y pregunté: ¿Y cómo es el amor contemporáneo? El del canal Arte respondió: “Es el amor uribista. Debes escribir la gran epopeya del amor uribista. El amor en los tiempos de la posverdad”. En el sueño mi casa era cambiante: a veces mi sórdido apartamento de estudiante en París y a veces una desconocida finca en la zona cafetera. ¿El amor uribista? Comencé a trabajar, con ellos al lado, pero el de Arte dijo: “Sólo hay un detalle y es que para contratarte debes certificar experiencia en largometrajes”. Fuimos a una notaría y allí certifiqué haber escrito, dirigido e incluso protagonizado seis filmes de realismo sucio y un documental de autoayuda. Ya en el cargo me puse a trabajar… ¿El amor uribista? Decidí inspirarme físicamente en el rostro de María Fernanda Cabal, una Madonna criolla, y sobre esa base creé a la protagonista: mujer aguerrida y católica, comprometida con su esposo y con la patria.

Tras los fríjoles del almuerzo decidimos bautizar la serie: La esposa del paraco. Colombia, año 2021. La mujer, elegida en las urnas para un importante cargo, debe velar por su país y su familia. El marido dirige la oficina nacional para el manejo de los burros y los asnos, la Federación Asnal, que es la más representativa del gremio y por eso recibe y maneja los parafiscales. Pero esto es sólo una fachada, pues en las noches ese hombre se enfunda su traje mimético y se convierte en el héroe ausente de la serie. Y así, ella sufre por los peligros que debe enfrentar el marido cuando sale, pues antes de cerrar la puerta él repite: “Me voy a hacer el bien sin mirar a quién y el mal al que lo merezca”. Todo por el país y la familia, pero es triste. Un Batman costeño y melancólico.

En este punto los productores pidieron un tercer foco dramático, así que apareció el hijo, Robertico, 22 años, joven pastor evangélico. Una noche le confiesa a su madre su inclinación homosexual y el drama se centra en él. Lo azotan, pero nada. Le hacen un lavado de estómago con cianuro en la Fiscalía, pero nada. ¿Un hipnotizador? Robertico se enamora del asistente. La madre se flagela, se arrodilla y pide perdón a dios: si su marido se entera los mata a ambos, ¿qué hacer? Al final decide desterrarlo a un lugar donde pueda reponerse con discreción de sus pecados nefandos y, descompuesta por el dolor, toma la difícil decisión de enviarlo a París. Agregado cultural de la embajada. Y así, la aguerrida madre y esposa uribista se vuelve símbolo de la lucha nacional y familiar. “Las partes de Robertico las podemos filmar bien lentas y en blanco y negro”, propuse, “como en Roma”. El de Netflix dio un puño entusiasta en la mesa y exclamó: “La vamos a romper, ya imagino la secuela”. Y agregó: “Se llamará La hija del paraco, segunda generación, la escribimos el año entrante”. Dije sí, siempre y cuando contraten a Amparo Grisales. Y en ese punto desperté.

 

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