Por: Patricia Lara Salive

El angustioso reloj de la paz

A punto de iniciar una nueva ronda de conversaciones entre Gobierno y Farc, y después de entrevistar en La Habana a los negociadores de esa guerrilla, Iván Márquez y Pablo Catatumbo, el columnista Antonio Caballero, quien casi siempre ha sido pesimista sobre los procesos de paz, y sobre todo lo que sucede, se declaraba optimista con respecto a estas negociaciones, no obstante los nubarrones que se observan y los llamados de atención, provenientes de muchos sectores, en el sentido de que el proceso atraviesa una grave crisis.

Dados los desacuerdos que surgen cada rato entre unos y otros sobre los distintos temas —decía Caballero—, ¡crisis hay todos los días! Pero ese no es el problema. ¡El problema radica en que se están agotando los tiempos de la paz!

En efecto, así es. Pero, por otra parte, nunca, como ahora, había sido tan posible la paz, por muchas razones: 1. Porque hoy las Farc sí desean firmar la paz, debido a que han sufrido duros golpes militares que las han tenido que llevar a reflexionar sobre el hecho de que por la vía armada no les será posible acceder al poder; en cambio, como ha sucedido en otros países de América Latina, existe la posibilidad de que un día lleguen a él por la vía electoral. 2. Porque el presidente Santos sueña con entregar una Colombia en paz. 3. Porque los gobiernos de izquierda del continente están influyendo sobre las guerrillas para que negocien la paz. 4. Porque, sencillamente, guerras como la nuestra hace mucho tiempo que, en el mundo, pasaron de moda.

Entonces, ¿cuáles son los escollos? Hay tres: uno de parte del Gobierno: la prisa que le genera el calendario electoral, con un presidente que aspira a ser reelecto, lo cual hace más difíciles las negociaciones, pues las vuelve vulnerables al juego político y a las conveniencias electorales. Y dos de parte de la guerrilla: primero, el paso de tortuga que parece quieren ponerles a las negociaciones (¡se les ve muy robustos y felices!), encantados seguramente con el mar, la brisa, la tranquilidad y el buen trato que les dan los cubanos, a base de consentirlos con mojitos y de alimentarlos con masas de puerco fritas, arroz con fríjoles y deliciosos helados Copelia, y estimulados con el encanto que les produce disfrutar de un protagonismo político que hace décadas no tenían y que les permite darse a conocer ante la opinión con un rostro distinto al de los malos de la guerra. Y segundo, y tal vez el más grave de todos, el autismo que padecen los de la guerrilla, quienes están convencidos de que la inmensa mayoría del país quiere que lleguen a buen término las negociaciones con ellos, cuando es al revés, que la mayoría del país no desea saber nada de las Farc y preferiría que se las quitaran de encima sometiéndolas militarmente. (Si no lo creen, ¿cómo explican que haya tanto uribista?). Por ese autismo se dan el lujo de marchar a paso de morrocoy en los diálogos con el Gobierno.

Pero se equivocan. Como bien lo comentaron el presidente Santos y Antonio Caballero, quienes, ¡oh paradoja!, en eso están de acuerdo, el tiempo apremia, no sólo por la presión que ejerce el calendario electoral, sino porque la paciencia de los colombianos en cuanto se refiere a las negociaciones de paz está llegando a su fin.

Por ese motivo, ojalá esta nueva ronda sirva, no como diría Proust, para buscar el tiempo perdido, ¡sino para encontrarlo! No hay tiempo para más...

 

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