El año que vivimos peligrosamente

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Tal vez nunca estuvimos tan juntos en el mundo entero como estos días en que tenemos que estar separados.

Nunca hemos dependido tanto unos de otros, de la voluntad colectiva para no incrementar la velocidad del contagio, de la capacidad de ayudarnos a la hora de sobrellevar sus consecuencias. Momentos como este podrían despertar la adormecida conciencia de comunidad de una sociedad como la nuestra, a la que han segmentado y estratificado tanto.

Recomendar el teletrabajo puede ser fácil en países donde prima el empleo formal, pero aquí, donde tantas personas tienen que salir a ganarse la vida y viven del milagro cotidiano, estar en las calles se ha vuelto un destino.

Hasta hace un par de días, hablar de darle dinero a la gente para ayudarle a sortear la crisis les habría sonado a nuestros gobernantes como una locura. Ahora, cuando ya Donald Trump ha dicho que va a enviar un cheque a cada familia necesitada, empezará a parecerles menos desquiciado.

Ya sería tiempo de experimentar con una renta básica para familias sin recursos, que ayude a cubrir sus necesidades de subsistencia y les permita permanecer austeramente en casa, no tener que andar en el desamparo de las calles, obligados por la pobreza a formar parte de la cadena de contagio. No es solo un asunto de solidaridad necesaria sino de urgencia manifiesta, ante lo que podría convertirse en una bomba social.

La hora de los grandes desafíos es también hora de grandes decisiones y de soluciones creadoras. Mientras todos los países se esfuerzan por aplanar la curva del contagio, igual procuran fortalecer sus reservas para atender a las personas en estado crítico, aumentar las unidades de cuidados intensivos, los respiradores, los monitores, y ampliar y calificar el personal sanitario. Se sabe que aquí carecemos del equipamiento adecuado, porque no solo los contagios del virus tienen que ser atendidos, sino las enfermedades normales y los accidentes.

Así como España está encargando a China gran cantidad de equipo clínico adicional, sería una decisión histórica que aquí los gobiernos locales y el nacional lo hicieran también, en el tiempo que queda antes de alcanzar las semanas pico del contagio. Pero hay que hacerlo ya, y no permitir que la burocracia y el formalismo impidan las decisiones eficaces y prácticas. En nuestro país el fenómeno apenas comienza, y por lo que vemos en las estadísticas de todos los países, el pico del contagio se está alcanzando a partir del día 40 de comenzada la epidemia local, y por lo menos hasta el día 50.

Si fue posible enviar un avión a China para traer unas cuantas personas y protegerlas del riesgo, tiene que ser posible traer con toda urgencia, de donde sea, las unidades de cuidados intensivos que el país está necesitando desde hace años, aún sin epidemia. Y los costos serán insignificantes comparados con la posibilidad de salvar cientos, tal vez miles de vidas.

Proveer de cuidados intensivos las ciudades medianas y pequeñas disminuye la presión sobre los grandes centros urbanos y el riesgo de un colapso que no sería solo sanitario sino social y económico. Igual se requieren presupuestos adicionales para los profesionales de la salud, sobre los que recaen las tareas más duras, contratar a todos los que puedan prestar asistencia, y adiestrar sobre la marcha más personal para esas tareas delicadas e indispensables.

En tiempos de la gripe de 1918, muchos palacios de la aristocracia inglesa se ofrecieron para ser adaptados como hospitales. No sobra pensar en aprovechar algunos espacios posibles, públicos y privados, que puedan habilitarse como instalaciones sanitarias.

En un país con la enorme desigualdad del nuestro, sería el momento para que los poderosos hagan un gesto de generosidad y creen un fondo de emergencia social que no termine en manos de políticos o de empresas de lucro, para asumir con eficiencia los grandes desafíos humanitarios que podrían presentarse.

Buena parte del saber acumulado del mundo converge ahora sobre los hogares de un modo que nunca tenemos tiempo suficiente para aprovechar. Recordando a Voltaire, se diría que ahora, con los niños en casa, es la hora del teatro familiar, y de aprovechar esos tesoros de nunca antes: toda la música posible, la videoteca infinita, el museo del arte universal ahora accesibles desde cada casa.

Quién quita que salgamos de esta pandemia más conocedores del arte y de la música, más familiarizados con la historia, mejor informados sobre el planeta, más ávidos de conocer el país y más deseosos de conocer el mundo.

Nada como un poco de ahogo para aprender el valor del oxígeno. Ya llegará la hora de celebrar juntos de nuevo, y también de expresar juntos la indignación y la cólera, que pueden ser fuerzas transformadoras y cada vez más necesarias.

Qué fortuna tienen hoy los que habitan cerca de la naturaleza, los que viven en pueblos y en aldeas: los lugares más privilegiados del mundo. De repente se ven como un sueño codiciable los viajes a pie, sin contaminar, por las montañas y por la orilla de los ríos, los deleites del paseante solitario.

Hay momentos en que lo que más requiere el ser humano es valor y confianza, sentido de la responsabilidad y grandeza en su actitud hacia el mundo. Necesitamos una civilización por la que valga la pena vivir y morir. Recuerdo que un gran diario de Londres, en el día más duro de la guerra, publicó su primera página en blanco, y en ella solamente estos versos de Chesterton: “Nada te digo para tu esperanza, / Nada para tu anhelo, / Salvo que el aire se torna más oscuro, / Y el mar crece más alto”.

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