Por: Pascual Gaviria

El antibarrio

En menos de un año Medellín ha sido la sede de dos grandes crisis alentadas por la codicia.

La diferencia entre la quiebra de Interbolsa y la tragedia de la constructora CDO está sobre todo en que los estragos de la última están a la vista de todos. Las pruebas de los desfalcos de Interbolsa se guardan en cajas de seguridad y los afectados reclaman en silencio vergonzante por el valor de sus papeles. En el caso de CDO los resultados de la avidez empresarial hacen parte del paisaje y no se limitan a la irresponsabilidad de una constructora. Las administraciones municipales, las empresas inmobiliarias, los ciudadanos convertidos en clientes y hasta el gobierno nacional han jugado a dejar pasar, a ser flexibles, a estimular la demanda y facilitar la oferta para que el barrio El Poblado sea lo que es hoy: un antibarrio.

El Poblado ha sido un botín irresistible a pesar de los estudios, las restricciones y las recomendaciones. Desde el POT de 1999 se impusieron los intereses económicos sobre el sentido común. Un cambio de equipo en la oficina de planeación sirvió para que a última hora se subieran los “aprovechamientos” de los constructores y se mantuvieran las “obligaciones” de generar espacio público y equipamiento urbano. Desde 1996 hasta 2007 los habitantes de El Poblado crecieron cerca del 50%, al pasar de 73.536 a 110.509. Las normas exigían planes parciales para otros sectores y El Poblado quedó como la opción más fácil y más rentable. Los curadores se convirtieron en agentes inmobiliarios que encontraban siempre una zona gris en la legislación para permitir el levantamiento de una zona gris en las laderas del suroriente. En un momento, cerca del año 2007, la construcción en El Poblado representaba el 48,4% de la actividad del sector en Medellín.

Es cierto que se diseñó un plan especial de ordenamiento para El Poblado entre 2004 y 2005, y que el POT aprobado en el año 2006 impuso una regla que dictaba restricciones y bajaba la densidad para los proyectos a medida que se alejaban del eje del río. Pero siempre se puede construir contra el espíritu de la norma pero de manera legal. Para eso hay abogados. Las limitaciones dependían de un concepto de Corantioquia que se demoró cerca de dos años en llegar y mientras tanto se multiplicó la piñata de licencias. De otro lado el POT de 2006 dejó libre la opción de una franja a lado y lado de la avenida Las Palmas y por ahí se abrió una nueva tronera. La norma dice que el índice de ocupación de El Poblado debe ser el 30%, pero uno mira la ladera desde el occidente y se da cuenta de que no hay un 70% de espacio libre y que las normas son papel picado frente a la ambición.

El Poblado es un barrio de pequeños reinos feudales. Las urbanizaciones, su piscina y su salón social buscan compensar la inexistencia de aceras, parques, tiendas, espacios comunes. Las discusiones se dan sólo en las asambleas de copropietarios. La mierda del perro del vecino, la música a altas horas y la fiesta de Halloween son los grandes temas de discusión. Sólo el 5% de los habitantes de El Poblado, los que viven en pequeños enclaves cerca de las quebradas y reciben su factura marcada con el estrato 2 y 3, tienen una vida de puertas para afuera. Son los dueños del barrio.

 

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