Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El árbol de Navidad

¿SERÁ QUE NO VAMOS A SER CAPACES? El proceso de paz colombiano se encuentra sin duda en su momento más bajo, y más frágil, desde que comenzó.

Sus dos protagonistas tienen que evaluar en serio muchas cosas. Pero es mejor que nadie olvide la siguiente simple constatación: se rompe esto y quedamos en evidencia como el único país del hemisferio que ha sido incapaz de dotarse de un mínimo de civilización política. Y por consiguiente en un estado de desprotección y vulnerabilidad que inevitablemente se reflejarán de mil maneras.

Este proceso de paz colombiano es como un árbol de Navidad: todo el mundo dice que le gusta, pero para ponerle cosas encima. Actores de las más diversas tendencias se le han acercado para cargarlo de “inamovibles”, sin que se les pase por la cabeza que a cada novedad el espacio de negociación se va estrechando. En realidad, un sector muy caracterizado entiende muy bien cuáles pueden ser las consecuencias de esa sobrecarga: pero el desenlace le funciona bien. Y, por otra parte, salvo figuras muy específicas —a las que uno puede referirse con nombre propio, y contar con los dedos de la mano—, el discurso de las dos partes aún sigue anclado en las ideas, imaginarios y dinámicas de este medio siglo largo que queremos dejar atrás.

Aparte de los defectos del estilo de gobierno de Santos —la tendencia a quedarse siempre a mitad de camino, el miedo pánico a ciertos sectores, la inestabilidad en la orientación, el darle sistemáticamente poder a todos los enemigos de la paz—, cómo se transparentan en este trance también algunos de los problemas característicos de nuestra vida pública e intelectual. Esa tendencia a responder a problemas complicados con la diatriba y/o la retórica vacua, tan obvia en todos los lados del espectro político, y la incapacidad de definir de manera simple y clara un problema, junto con los recursos y las limitaciones para solucionarlo, pueden terminar saliéndonos terriblemente caras. Cierto: la estridencia guerrerista es patrimonio solamente de un puñado de dirigentes políticos, como esa paloma que por su comportamiento más parece un ave carroñera. Pero el principio esteticista de su ilustre antepasado, en cambio, parece revolotear sobre la cabeza de todos, también de muchos progres: “sacrificar un mundo para pulir un verso”.

Malos versos en general, en contraste con los de don Guillermo, dueño de una retórica rebuscada pero con momentos fantásticos de poder extremo. Pero eso ya es otro tema. El asunto es que si al árbol se le pone demasiado peso se cae. ¿Y después qué? No veo a mucha gente haciéndose la pregunta.

Me duele muchísimo la muerte de los once soldados (quizás cuando esta columna se publique el conteo sea peor). No quiero ni imaginarme qué sentirán sus familias. Y creo que la única manera de responder a la coyuntura es que las dos partes sentadas a la mesa hagan un pacto de renovación del proceso, en el que por una parte se comprometan a dar mucho más y adopten una actitud mucho más flexible frente a los temas controversiales, y en los que por la otra las Farc digan de manera clara y distinta que quieren convertirse en un actor político sin armas. Qué mal que las positivas declaraciones de Pastor Alape en ese sentido fueran ahogadas en este río de sangre.

Por muchas razones me había prometido no volver a hablar del proceso; entre otras cosas porque quería darme mi tiempo para rumiar un par de temas cruciales. Estoy incumpliendo, pero por buenas razones. Vuelvo a mis votos de silencio. Y en todo caso este es el mes en el que se cumplen 70 años del fin de la Segunda Guerra, algo a lo que tendré que referirme a lo largo de este mes.

 

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