El árbol invisible

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“Hoy me gusta la vida mucho menos / pero siempre me gusta vivir, ya lo decía”. Estos versos son del peruano César Vallejo, y los recuerdo hoy gracias a Poesía para la cuarentena, el espacio que mi amigo Carlos Camacho nos regala heroicamente todos los días para ayudarnos a resistir, a punta de poemas, este tiempo de desconsuelo. Ellos resumen, a pesar de haber sido escritos en los años 30 del siglo pasado, lo que muchos estamos sintiendo.

Al comienzo de esta cuarentena media humanidad se dedicó a hacer pan con tal ahínco que en todos los supermercados del mundo se acabó la levadura. La gente se pasaba el dato de dónde encontrarla con la misma premura con que los venezolanos se pasan la voz, en tiempos de escasez, sobre dónde encontrar mantequilla, huevos o harina para hacer arepas. Siempre me pareció curiosa esa elección, la de hacer pan en casa. Tan curiosa como la de correr a comprar grandes volúmenes de papel higiénico. Las dos son significativas. Hacer pan cuando empezó el confinamiento obligatorio significó mucho más que no tener que ir a las panaderías. Fue, creo, la concreción del deseo de ver en esa reclusión forzada una oportunidad: la de hacer cosas que nunca hicimos. Pero la elección parecía entrañar, además, un elemento simbólico: un regreso a lo esencial, a lo básico, a lo que todos, si queremos, podemos hacer con nuestras manos. Una opción que reemplazaba la avidez de la sociedad de consumo aunque fuera por unas semanas. De alguna manera, también, era como recuperar la noción de hogar, una palabra que no sólo significa casa sino “sitio donde se hace la lumbre en las cocinas”. En el hogar, al fuego, se hace la hogaza, del latín focacia y de cius, cocido al fuego.

Dirán que hilo muy delgado, pero no creo. Hacer pan y otras cosas ha sido una manera de darle sentido al paréntesis obligatorio de la pandemia. Entre esas cosas manuales está también escribir. Manuales y corporales, porque se escribe con todo el cuerpo. Y, por supuesto, espirituales: la vida activa, el hacer, se une con la vida reflexiva. Todo eso sucedió porque pensamos que duraría dos, tres meses. Después del desconcierto nos preparamos para resistir con estoicismo, y lo aliviamos, también, con un poco de humor. Las redes se llenaron de memes. Pero luego vino el cansancio, el aburrimiento de lo mismo, la percepción del confinamiento como un tiempo que se prolonga sin esperanza. Para no hablar del miedo, y del dolor de saber que en este mismo momento hay muchos que están muriendo asfixiados, en la más aterradora soledad. Y que también nosotros podemos morir. En la breve novela que estoy leyendo, el personaje dice: “La muerte es una amenaza que está siempre ahí. (…) A menudo imagino que la muerte es un árbol invisible plantado en nuestra sala. Cuando las puertas están cerradas, con el cerrojo bien echado, cuando las cuotas del seguro están debidamente pagadas, las persianas bajadas y los males del mundo han sido apartados para que nosotros podamos sentarnos tan a gusto en la mesa del comedor (…) ese árbol invisible cruje, florece, suma un anillo a su corteza”. Sí. La muerte está ahí. “Joder, esto no hay quien lo aguante”, dice otro de los personajes. Pero aguantamos, porque siempre nos gusta vivir, como dice Vallejo.

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