Por: Gustavo Páez Escobar

El árbol transmite vida

En Bogotá, hace 24 años, lloré la muerte del frondoso pino —todo lleno de vida, de gracia y poesía— que estaba sembrado en una avenida de la capital frente a mi cuarto de estudio. El peso lo doblegó y lo dejó inerte en el pavimento, por falta de control de los técnicos, mientras esparcía en el aire exquisitos aromas, quizás como un adiós a la vida.

Escribí entonces el artículo titulado “La muerte de un árbol”, y el director de la CAR, don Eduardo Villate Bonilla, me obsequió en reemplazo, para mitigar la pena, un arbolito recién nacido. Se cumplía así la ley inexorable de la existencia (nacer y morir), que rige tanto para los hombres como para las plantas.  

De paso por Cúcuta hace 27 años, quedé fascinado con su preciosa arborización, que la hacía distinguir en el país como sitio ecológico por excelencia. Toda la ciudad estaba cubierta por espeso manto telúrico, donde prevalecían el acacio, el cují y el almendro, árboles emblemáticos que oxigenaban el ambiente y le daban encanto al paisaje. Por tal razón, ostentaba el título de “Cúcuta, Ciudad Bosque”, que ojalá no haya dejado perder.

En las selvas vírgenes del Putumayo admiré la majestad de los árboles milenarios, cuya altura podía sobrepasar los 50 metros, y a cuyo amparo germinaban las zonas boscosas pobladas de todo género de matas e infinitas corrientes de agua. La Amazonia, el bosque tropical más extenso del planeta, es todavía el pulmón del mundo, pero cada día lo estropean más los depredadores de la naturaleza.

En los días actuales, veamos algunas escenas alrededor del árbol. Los habitantes que rodean el bosque de Bavaria (calle 7ª con avenida Boyacá) protestan por la tala de más de 3.500 árboles que piensa efectuarse para llevar a cabo la construcción de cerca de 3.000 viviendas. Un vecino del sector dice que “no nos oponemos al desarrollo urbanístico, sino que pedimos que se conserve este importante pulmón para nuestros barrios, que tienen escasez de espacios verdes”.

En la calle 77 con carrera 9ª está enfermo, en cuidados intensivos, el legendario nogal de 100 años que le dio el nombre a uno de los barrios históricos de Bogotá. Para salvarlo, se le sometió a una cirugía en la base del fuste, se le retiró la corteza podrida y se le suministran eficaces fertilizantes.

Mientras tanto, en los Cerros Orientales se atropella la arboleda nativa con la construcción ilegal de suntuosas viviendas y el negocio de la madera. Ese mismo daño ecológico lo produce en el país la explotación de la minería.  

Bogotá tiene 53.000 árboles enfermos, de un total de 1.258.000, que es el patrimonio de la capital. Entre ellos, casi medio millón está ubicado en Suba, Chapinero y Usaquén. Algunos de los enfermos son atendidos a tiempo, y otros se desintegran, como mi pino de la avenida, por falta de asistencia oportuna.

Los árboles transmiten vida, encanto, belleza. Son el mejor ornato del paisaje. Sirven para descontaminar el ambiente y atraer las aves del cielo. Favorecen la biodiversidad urbana, y con sus zonas verdes propician el deporte, la diversión, la alegría. No es posible tener una sociedad sana sin la presencia de este amigo de la civilización.

Dijo el conde de Chesterfield: “Si no plantamos el árbol de la sabiduría cuando jóvenes, no podrá prestarnos su sombra en la vejez”.   

escritor@gustavopaezescobar.com

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