Por: Mario Fernando Prado

El arquitecto pintor

EN UN ACTO DE JUSTICIA, LA SOCIEdad Colombiana de Arquitectos ha homenajeado al patojo-español Manolo Lago.

Este reconocimiento, así haya sido un tanto tardío, ha hecho que volvamos a mirar a ese arquetipo ya discordante con esta época de mercantilismo y mercachifismo de tan noble profesión, hoy corrompida por los exprimelotes y los compinches de los ordeñadores de la tierra que han caotizado las ciudades y han condenado a millones de personas a vivir en asfixiantes colmenas.

Quizás por eso, orgullosamente Manolo está descontextualizado con muchos de sus mal llamados colegas que cambiaron por un plato de lentejas las convicciones estéticas de una arquitectura al servicio de la plusvalía y de la tugurización de los espacios.

Sin embargo, la obra de Lago como arquitecto está allí y permanecerá por muchos años más porque logró imponer unos balances poco rentables a favor del entorno y el respeto por el ambiente y el paisaje.

En la Cali tugurizada y amorfa está la mayor parte de la obra de Lago —como lo está también en Medellín y Pereira— a manera de un grito aislado ante el irrespeto y la falta de armonía y urbanismo que padecen ya casi todas las ciudades.

Seguramente Lago no es el arquitecto comercial que buscan muchos constructores y en ello radica su importancia. Incapaz de claudicar a sus principios ha preferido refugiarse en otro arte: el de la pintura, en la que plasma su ciclo vital como le da la gana, produciendo una obra expresionista, cándida y a veces perversa, dotada de un humor negro entre satírico y burletero que deja percibir en muchos de sus lienzos.

Si bien Lago no ha dado un paso al costado en la arquitectura, porque sigue incansable ejerciendo su oficio —de la mano siempre de Jaime Sáenz, su eterno socio—, ha encontrado un plácido refugio en sus paletas y caballetes y también en la promoción cultural y el mecenazgo aun de causas extraviadas cuando no perdidas  en la maraña de la politiquería y el oportunismo tal como sucede con el Museo de La Tertulia del cual es su padre putativo.

Ojalá podamos los colombianos apreciar en toda su dimensión la obra de Manolo Lago y reivindicarnos con este ser ya levitativo, generoso, galán e irrepetible.

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