Por: Mauricio Botero Caicedo

El arroz en bajito…

En mayo del 2014 todo era optimismo en la sede de la campaña del entonces presidente-candidato. En una crónica para el diario El Mundo, Salud Hernández Mora escribía: “En la sede de campaña de Juan Manuel Santos, los seguidores del presidente están convencidos de que la firma del tercer punto de la agenda, el del narcotráfico, convierte el proceso de paz de La Habana en irreversible…”. Poco antes, los equipos negociadores dieron a conocer los pormenores del acuerdo, que el Gobierno calificó de “histórico”, para erradicar el narcotráfico de Colombia. En la declaración conjunta, la guerrilla garantizó que pondría “fin a cualquier relación que, en función de la rebelión, se hubiera presentado” con “el problema de las drogas ilícitas”. Santos, en un discurso transmitido en directo al país por televisión y radio, había anunciado con bombos y platillos: “Hoy tenemos motivos para decir que la paz sí es posible”.

Haciendo caso omiso de que, en medio de las conversaciones de La Habana, las siembras de coca empezaban a crecer a un ritmo exponencial, Santos fue reelegido al haberse el país tragado el cuento de que sí había un acuerdo para “erradicar el narcotráfico de Colombia”. Y no obstante existir evidencia de que las Farc seguían de lleno en el narcotráfico, el Gobierno regañaba a todo aquel que alzara su tímida voz. En una carta a Plinio Apuleyo Mendoza, en el 2016, Humberto de la Calle adviertía al columnista: “Y, de paso, omites la expresa manifestación de las Farc de poner fin a cualquier vínculo con el fenómeno de las drogas ilícitas”. Según informes de inteligencia, la realidad era diferente: “El Frente 57 mueve cocaína hacia Panamá, trabajando a menudo con sus antiguos enemigos paramilitares, ahora agrupados bajo los Urabeños; los frentes 48 y 29, en los departamentos fronterizos de Putumayo y Nariño, respectivamente, mueven cargamentos de droga hacia Ecuador, donde en muchos casos terminan en manos de los carteles mexicanos; el Frente 33, en Norte de Santander, mueve grandes cantidades de cocaína hacia Venezuela, mientras que el Frente 16 está de vuelta en el negocio, moviendo drogas hacia Venezuela y Brasil. Los guerrilleros también están involucrados en el negocio de la heroína en los departamentos de Nariño, Cauca y Tolima. El Frente 6 en el Cauca quizá se ha convertido en el principal proveedor de marihuana en Colombia”.

Indistintamente de las declaraciones candorosas de Santos y De la Calle, todo era un montaje… un engaño al pueblo colombiano: las Farc no solo no habían abandonado el negocio, sino que mantenían el arroz en bajito. “Nosotros no hemos hecho un acuerdo de delación, sino de sustitución”, aseguró jactancioso Jesús Santrich, uno de los negociadores de esa guerrilla.

Y si bien es elemental el aclarar que no todos los frentes de las Farc estaban involucrados en el narcotráfico, aquellos que sí traficaban (con la venia y conocimiento de las cabecillas de las Farc) siguen en el negocio. Y hoy a Duque y su gobierno, aparte de perseguir sin contemplaciones a todos los narcotraficantes, no les queda alternativa, como bien lo señaló Juan Lozano el pasado domingo, a cumplir los compromisos con los que abandonaron el negocio. “A los que cumplen se les cumple”.

Apostilla 1. El Canal Uno debería ser catalogado como un canal cultural. Cada vez que uno lo prende, le dan ganas de leer un libro.

Apostilla 2. ¿Quiénes son los que no permiten conocer cuáles son los medios y los periodistas fletados por Odebrecht?

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