Por: Julio César Londoño

El arte de la conversación

Las competencias lingüísticas son cuatro: leer, escribir, hablar y escuchar.

Los gobiernos, los educadores y las editoriales (por supuesto) insisten mucho en la promoción de las dos primeras y descuidan las dos últimas. Supongo que suponen que todo el mundo sabe hablar y escuchar; que son operaciones naturales, como robar o respirar, y que la lectura y la escritura en cambio requieren un entrenamiento especial, como la respiración bajo el agua o el robo en gran escala.

Quizá tengan razón, pero harían bien en dedicar parte de sus esfuerzos al cultivo del arte de hablar y al desarrollo de esa paciencia que se requiere para escuchar bien.

Yo sugeriría poner especial atención al oficio de saber escuchar, porque el arte de hablar, al menos el de hablar en público, está estudiado. Hay tantos culebreros, pastores, políticos y vendedores en el mundo, y son tan lucrativas estas profesiones, que la habilidad de hablar en público se aprecia y se compra muy bien.

El monólogo no necesita mucho fomento porque, como nadie ignora, no hay nada más musical que el sonido de nuestra propia voz. Escuchar al otro, en cambio, es una actividad poco apreciada. “No hay nada más parecido a un sabio que un bobo callado”.

Estoy seguro de que la materia más urgente en el pénsum es el cultivo de esta competencia tan olvidada que ni siquiera tiene un nombre aceptable, como lo tienen las otras: lector, escritor, orador. Un “escucha”, en cambio, es un sustantivo feo. Ejemplo: “saludamos a nuestros escuchas”. Horror. “Oidor” tiene tufo a Colonia, sabe a sapo y suena a “chuzada”. El “oyente” es un sujeto pasivo, como los que oyen radio.

Deberían enseñarnos a escuchar bien, es decir, a tratar de entender lo que el otro quiere decirnos, a escucharlo con los oídos y con el corazón. Creo que muchos de nuestros problemas sociales y personales provienen de nuestra incapacidad para escuchar, de una terca e inveterada sordera.

El que sabe escuchar reúne más información que el parlanchín; y resulta siempre un buen interlocutor porque el primer requisito del buen conversador no es, como muchos creen, ser muy culto o tener una gran habilidad verbal. El buen conversador es, ante todo, alguien que sabe escuchar. Conozco personas inteligentes y muy informadas que resultan insoportables porque son sordas y les cuesta mucho la pausa, un elemento esencial en la gramática de la conversación, como los silencios en la música. A ratos fingen escucharte y hasta asienten con la cabeza mientras les hablas, pero en realidad están pensando en cómo retomar su propio discurso, o en cómo refutar el tuyo. Mientras te miran a los ojos con expresión atentísima, sólo están esperando una pausa tuya para asestarte un contraejemplo de alto poder. Son eternos adolescentes. Para ellos la conversación es siempre un pulso intelectual, nunca una manera de pensar con el otro.

Nadie niega la importancia de cada una de las competencias lingüísticas. Pero si consideramos que sólo a veces somos lectores o escritores, y en cambio tenemos que hablar y escuchar todos los días, es claro que la educación debería ocuparse más de estas que de aquellas competencias.

Soy escritor y me gusta serlo, pero anhelo el día en que no tenga que escribir tanto como ahora, en que pueda escribir menos y leer más. O lo mismo, pero más despacio. La lectura es una actividad más rica, más relajada, menos pedante, más civilizada. Sin embargo, puedo concebir la vida sin lecturas. Sería muy desgraciada, en cambio, una vida sin conversaciones, es decir, sin amigos para compartir el vino y la comida y tramar proyectos; sin una amiga para discutir con ella... y luego reír con ella y decirse cosas íntimas antes, durante y después.

 

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