Por: Fernando Araújo Vélez

El arte de fracasar

Fracasar era una obsesión, una venganza contra todos, pero más que nada, una venganza contra aquellos que habían dividido el mundo entre ganadores y perdedores.

Entre exitosos y fracasados. Entre buenos y malos. Fracasar era un plan sin método, la mejor manera de decepcionar a los exitistas que, en últimas, eran, son, quienes desde sus supuestas alturas, desde su poder y su gloria, desde sus absolutos, decidían y deciden al triunfador y a su opuesto, y lo determinan de acuerdo con sus propias conveniencias.

Premian al que les sirve , al que les conviene, no al que les parece mejor. Ascienden al que los halaga, no al que cumple. Ovacionan al que los ovaciona a ellos, no al que busca, al menos, un gramo de justicia. Por el contrario, si quien busca ese gramo de justicia va en su contra, lo condenan al eterno fracaso. Sus designios de inquisidores se cumplen. Tienen que cumplirse. Un ejército de subordinados, de pusilánimes, los hacen cumplir para ganarse los favores del todopoderoso.

Fracasar era el fin. Que en lugar de éxito, en su lápida escribieran lucha. Que en vez de triunfos, esculpieran contemplación, como en los tiempos de los griegos. Que un día el sistema, el sistema de medidas, calificaciones, éxito, autoridad, dinero, mercado, negocios, ventas, compras, matrimonio, religión, castigo y demás le pasara por un lado sin siquiera determinarlo. Que lo considerara un fracaso, y que como tal, después de pasar por su lado, se diera vuelta, lo mirara, e indignado, le reprochara que hubiera sido capaz de salirse de sus reglas. Que hubiera osado renunciar a ese reino.

Fracasar e ignorar a los perseguidores de triunfos y a sus hacedores. Reírse de ellos, incluso, con un cigarrillo en la boca, la mirada ausente y una de aquellas viejas licoreras de metal en el bolsillo. Caminar entre sus prisas, seguro de que sus caminos no llevan a ninguna parte, sencillamente, porque el éxito siempre es mentiroso, un cúmulo de posesiones, reconocimientos y opiniones de otra gente que halaga para obtener algo a cambio. Y repetir y repetirse, hasta la saciedad, que como decía Heinrich von Kleist, “La despiadada ambición es el veneno de toda dicha. Por eso quiero cortar con todas las relaciones que me impulsan a sentir envidia y competir”.

 

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