Por: Julio César Londoño

El arte de la biografía

Mi primer contacto con Marcel Schwob fue embarazoso. Un día me llevaron a comer helado en la Librería Nacional del Parque Caycedo y mientras mi mamá charlaba con una señora, me puse a caminar por ahí y me enamoré de las ilustraciones de un libro, La cruzada de los niños, y me lo embolsillé.

Un empleado me sorprendió y fui arrastrado a la oficina del gerente. Don Felipe Ossa quedó tan admirado de mi precocidad criminal, que me regaló el libro. En homenaje a su bondad, nunca más volví a robar libros... en la Nacional.

La segunda vez se lo escuché mencionar a Wilde. Luego supe que Schwob le ayudó a escribir el drama Salomé en francés, que había sido traductor de Stevenson, admirado por Valéry y admirador de Villon.

Luego leí Vidas imaginarias y quedé completamente azul. Allí estaban Clodia Pulcher, matrona impúdica, Los señores Burke y Hare, asesinos, Katherine, la encajera, Monsieur Renatus Descartes y las biografías de otros notables, escritas sin las fechas ni los domicilios ni los árboles genealógicos que aman los biógrafos y Fernando Vallejo. Era una prosa romántica pero también cínica, simbolista pero legible, decimonónica pero rápida. En suma, el más extraordinario ornitorrinco que mis ojos hayan visto jamás.

Un siglo después, Borges intentó destejer el arco iris: “Para escribir Vidas imaginarias, Schwob inventó un método curioso. Los protagonistas son reales. Los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen reside en este vaivén”.

A manera de prólogo, Schwob escribió El arte de la biografía, un ensayo que contiene una reveladora poética del género. “El arte es lo contrario de las ideas generales, describe sólo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica”.

En literatura, los teóricos y los creadores viven en mundos y siglos opuestos. Sin embargo, en el siglo XIX ocurrieron dos hechos singulares en estos campos (quizá cuatro). En la primera mitad, Poe escribió los primeros cuentos modernos y puso a punto la teoría del género. En la segunda, Schwob escribió las mejores biografías literarias y nos encimó la poética de la biografía. Miremos ahora por encima de su hombro. Marcel Schwob escribe Paolo Uccello, pintor.

“Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía. Hasta se dice que en Padua pintó un fresco de los cuatro elementos en el cual dio como atributo del aire, la imagen del camaleón. Pero no había visto nunca ninguno, de modo que representó un camello panzón que tiene la trompa muy abierta. (Ahora bien: el camaleón, explica Vasari, es parecido a un pequeño lagarto seco, y el camello, en cambio, es un gran animal descoyuntado)”.

De Uccello se ha dicho que descubrió la profundidad temporal de las leyes de la perspectiva y que estaba loco. De Schwob, unos dicen que fue un genio, y que se tomó demasiadas licencias históricas, dicen otros.

A propósito de Uccello, recordemos que su enigma fue resuelto por un poeta colombiano que puso al pintor en el punto de fuga de un poema narrativo (o de un cuento poético). El método es sencillo: el poeta miró al pintor con los ojos y el estilo de Schwob. “Lo llamaban Pablo Pájaros / y sus pájaros / lo contaban como uno de los suyos. / ¿Su mérito? / Indirecto y maravilloso. / Pintaba animales / que le regalaban luego / los secretos de la perspectiva” (Flobert Zapata).

 

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