Por: Juan Carlos Botero

El arte de la memoria

POR DESGRACIA, NO EJERCEMOS LA memoria como se hacía en otros tiempos. Hemos descubierto formas de preservar la información, justamente para no tener que memorizarla, desde los jeroglíficos en las tumbas de los faraones y la grafía cuneiforme en tabletas de barro, hasta el invento del libro, la imprenta, el computador y aquella nube colosal, cargada con la mayor información del mundo, que es la internet.

Sin embargo, a medida que se refinan los instrumentos para conservar la información, también se ha perdido el arte de la memoria. Como bien se sabe, antes las personas eran capaces de realizar proezas de recordación. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Milman Parry y Albert Lord estudiaron a los bardos de Yugoslavia, quienes podían recitar poemas épicos, al estilo de Homero, de medio millón de versos. Séneca padre le pedía a cada uno de sus 200 pupilos que recitara un verso, y en seguida él los recitaba todos pero en el orden inverso. San Agustín admiraba a un amigo capaz de recitar todo Virgilio, de atrás hacia adelante. Santo Tomás de Aquino recordaba todo lo que había leído. Pedro de Ravena se sabía 200 discursos de Cicerón, 20 mil artículos del código civil y toda la ley canónica. En Funes el memorioso, Borges, otro virtuoso de la memoria, recuerda a “Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio… y Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez”.

 Hoy en día, un actor como Ian McKellen, quien ha interpretado casi todo Shakespeare, ha grabado en su memoria miles de líneas de diálogo, y con seguridad las podrá recordar todas. Daniel Tammet, autista con el síntoma del sabio, domina siete idiomas (el islandés lo aprendió en una semana), y se sabe de memoria los primeros 22.514 dígitos del número pi. Por su lado, la mujer conocida como “AJ” es estudiada por la ciencia, pues es capaz de recordar, como el Funes de Borges, cada detalle y cada sensación de su vida, sin que importe su relevancia.

Lástima que esto no suceda más en la sociedad moderna. Los pueblos olvidan lo más valioso, mientras que algunas escuelas y facultades todavía confunden aprender con memorizar, y obligan a sus estudiantes a recitar leyes y fórmulas pero sacrificando el acto de pensar, y dejando de lado los hechos más significativos de nuestro tiempo. España y EE.UU., por ejemplo, olvidan que alguna vez fueron naciones de inmigrantes, y hoy tratan a los inmigrantes como escoria o ciudadanos de segunda categoría. Muchos regímenes nacen de dictaduras, y les basta ejercer el poder para olvidar las infamias anteriores y desatar las propias. No obstante, pocos países son más propensos al olvido que Colombia. Aquí navegamos sobre ríos de sangre vertida por héroes y víctimas inocentes, y mientras olvidamos su sacrificio nos dirigimos hacia las cataratas, convencidos de que el ruido que oímos a lo lejos son apenas truenos remotos. Sigamos navegando, decimos, felices en las brumas de nuestra amnesia colectiva. Entonces vale la pena recordar las palabras de García Lorca: “Para que aprendas hijo, lo que tu pueblo olvida”.

 

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