Por: Julio César Londoño

El arte de tachar

Jorge Luis Borges tenía una fórmula muy delicada para camuflar sus odios literarios. Zorro viejo, sabía que decir, por ejemplo, «No me gusta la obra de Joyce» podía sonar pedante. Prefería decir: «Yo he sido indigno de la obra de Joyce». Tacto de ciego, che.

Para observar la urbanidad borgiana, digo que he sido indigno de la novela y del drama escrito, pero no es que les tenga ojeriza, sino que mis limitaciones me impiden apreciarlos. Soy de verdad indigno de estos géneros. En compensación, disfruto los cuentos, las crónicas, los ensayos de divulgación y la crítica literaria.

El cuento es antiguo, breve y feliz. Forma sintética y esencial cuyo protagonista es el argumento, el cuento no se distrae mucho con la creación de personajes, como la novela. Leo cuentos desde muy temprano, como todo el mundo, y los sigo leyendo ahora, cuando ya es muy tarde. Como los cuentos infantiles son o fábulas o narraciones ingeniosas, me volví alérgico a la moraleja y adicto a los finales cerrados y las soluciones brillantes. Luego, mis alumnos me enseñaron a apreciar también los finales abiertos. Hoy, casi puedo decir que soy digno de sujetos de la calaña de Carver o Chejov. Con todo, sigo pensando que el lector se merece un final (un final cerrado, quiero decir).

También leo dos géneros híbridos. El primero es la crónica, una poderosa mezcla de noticia y narrativa, un matrimonio tan afortunado como el café con leche en la mesa o la luz y el sonido en el cine. La crónica tiene sobre la ficción el “gancho” de que es real, y enriquece el lenguaje plano de la noticia con la textura de la prosa.

El segundo híbrido es el ensayo de divulgación, que mezcla ciencia y poesía. Si es verdad que Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre, entonces el ensayista de divulgación es un pequeño dios mensajero que nos trae a los hombres de la calle las noticias de los trabajos de los sabios. Gracias a él podemos asomarnos por las ventanas de los laboratorios, “palacios de precisos cristales”; tener un panorama del laberinto y ser, quizá, mejores ciudadanos. El ensayo de divulgación puede ayudar a que la democracia deje de ser apenas una bonita palabra.

Philip K. Dick dijo: «El artista es el asesino; el crítico, apenas el detective». Sabía que la crítica literaria es el más despreciado de los géneros literarios, pero también el más reciente, difícil y necesario. Que si bien la literatura se ocupa de las pasiones, de los trabajos y los días, la crítica se ocupa de una versión editada del mundo. Que el crítico es sobre todo un lector muy aplicado. Y que no se puede escribir bien sin dominar bien esa crítica íntima y secreta que es el arte de tachar. Que la calidad de un escrito depende no solo de las palabras que sobreviven a los tachones, sino también de las que mueren; del tino para suprimir los ruidos y las impertinencias. Las incontinencias, en suma. Y que no puede ser malo un género que ha inspirado las mejores páginas de Aristóteles, Poe, Wilde, Valéry, Borges y Steiner.

Sobre estas cuatro miradas (el cuento, la crónica, el ensayo de divulgación y la crítica literaria) girará mi taller de escritura de Comfandi en Cali. Los interesados pueden pedir información en [email protected] Como las asignaturas tienden a mezclarse, con frecuencia nuestros debates se deslizan hacia la política, la ciencia, el arte o las humanidades. Por eso es lícito definir este taller como un centro de pensamiento con énfasis en la escritura literaria. A ratos descubrimos secretos de la composición, con frecuencia nos extraviamos en minucias, pero siempre nos divertimos. Lo prometo. 

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2014-01-24T20:55:35-05:00

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