Por: Ana María Cano Posada

El arte desembarca

Los habitantes del pie de la Sierra del Cocuy, en el norte de Boyacá, en Colombia, tienen la misma dieta miserable de los que viven en Puerto Nariño, en el Amazonas.

Ambos habitan paisajes de belleza magnífica pero se aplican como ración diaria noticieros televisivos que recogen en un río podrido los desechos humanos encontrados al paso. Ni en el Cocuy ni en Puerto Nariño, ni en ningún otro lugar de Colombia, tendrían por qué mirar las cosas a través de estos reducidores de cabezas que fabrican la agenda noticiosa derrotando todo ánimo con la dosis de robos, atracos, asesinatos y maltratos, que al final cierra el carrizo de una mujer sonriente.

Ningún colombiano podrá reconocer ese otro país hondo y detallado que desembarcó con 100 artistas nuestros en Madrid, en una feria de arte llamada Arco, a la que dedican páginas y minutos medios europeos, asombrados con Colombia como país invitado. Porque aquí los artistas visuales no son protagonistas para los apremiados periodistas atados al escándalo, que no comprenden nada más. Por eso dentro del país no nos hemos dado cuenta de la prodigiosa trasformación producida por 17 facultades de arte, casi un centenar de museos, docenas de galerías que alientan a desconocidos artistas a crear su obra, más otros lugares que tienen una mirada alternativa y se llaman Lugar a Dudas, Casa Tres Patios o Bienal de Venecia, que queda en un barrio de Bogotá. Esta batería se ha enfilado en descubrir el talento que corre a raudales por este territorio y no se desalienta con el protagonismo de la corrupción y el crimen.

Los 100 artistas desembarcados ahora en Madrid, que tienen entre 26 y 70 años, han sido capaces de mirar atrás, al pasado violento, para esclarecerlo, refundarlo y no confundirlo, pero también de mirar hacia adelante, para ver cambiar al país en su naturaleza, su gente, su cultura, con el propósito consciente de descubrirlo.

Los visitantes de la feria de arte Arco en Madrid sí pueden enterarse de que en Popayán existen artistas inusitados; de que un bogotano, Nicolás Consuegra, hace un homenaje majestuoso al flujo del río Magdalena; de que los reconocidos Salcedo, Muñoz y Suárez crean un memorable relato de lo que nos ha pasado en la intimidad mientras afuera nos deshacíamos. Y que un niño terrible caleño-londinense, Murillo, los provoca con sus reciclajes. Y que otra artista acuciosa, María Alejandra Guzmán, borda escenas explícitas de sexo femenino. Artistas escampados del narcotráfico y de su pérfido gusto, encuentran materia, geometría, ciudad, paisaje, esencias. También la botánica colombiana, inagotable, sirve a esta generación para sugerir formas y espacios abiertos por fuera de los temas manidos. Los observadores no distinguen entre provincias aisladas y centros conectados, porque describen como brote y eclosión lo que pasa en este país palpitante que sale de su celda a través del arte. Es una Colombia vívida que explota en mil formas e interesa al resto del mundo, cansado de lo conocido.

Crecieron al lado de este talento multiplicado, críticos, curadores, galeristas, comentaristas y expertos en poner en escena este arte nuevo colombiano. A ellos se debe la interlocución que no ha dejado morir de inanición a los artistas que escogieron mirar para donde nadie señalaba.

En Madrid el público puede reconocer hoy, con sorpresa, el matiz que el arte les da sobre esta Colombia que aquí adentro ignoramos. Este plato fuerte de un país distinto, al que la derrota interior no nos deja descubrir.

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