Por: Columnista invitado

El arte en su laberinto

Por: Alberto López de Mesa

Hace días que se vivencia en los sectores culturales una inquietud por el boom de acciones y de información que se ha generado sobre la “Economía Naranja”. Primero por la vehemencia con que el entonces senador Iván Duque, atendiendo los consejos del BID, propuso el tema en el congreso y adelantó la Ley naranja cuya reglamentación está en curso, segundo, por el lanzamiento con bombos y platillos del lujoso y didáctico libro “El Efecto Naranja” escrito por Felipe Buitrago e Iván Duque y, ahora último, por la “zona naranja” que está implementando la Alcaldía de Bogotá de Enrique Peñalosa, en la zona del desalojado Bronx, todo esto ambientado por medidas desde el Ministerio de Cultura y la Secretarías de Cultura, para favorecer las entidades artísticas que tiendan a convertirse en empresas productivas y autosuficientes.

Vuelvo a aclarar que esto no es un invento del partido Centro Democrático y del electo presidente.

“Economía Naranja” es el mote con el que el mercado globalizado viene denominando a las industrias creativas: el diseño de modas, el diseño arquitectónico, la industria editorial, la industria del entretenimiento, productoras de grandes espectáculos, la juguetería, los video-juegos y etcétera de empresas que involucran en su oferta de productos o servicios, autorías y producción estética. Para el caso colombiano no debemos olvidar que es además un capítulo del TLC con Estados Unidos, en donde el imperio exige que el país le garantice músculo en infraestructura y económico para acoger su gran oferta de productos creativos: el cine de Hollywood, sus best seller editoriales, sus estrellas de la música, su televisión, su informática…

El poder del Mercado anda a la caza de convertir en mercancía todas las necesidades humanas. Cuando el negocio se vuelve razón de ser de un producto, es el comercializador el que determina su fin y su calidad, es decir, el negocio determina si un producto es pertinente en el mercado.

El arte, en cambio, debería ser la expresión de la libertad absoluta, dado que es una interpretación y una recreación subjetiva de la realidad y del ser. Sus parámetros, sus reglas deberían obedecer a impulsos y necesidades sublimes del espíritu y no a las leyes de la oferta y la demanda. Pero el mundo ya está ordenado y supeditado a fórmulas impuestas por el sector financiero y por el poder del Mercado, ante los cual el arte y por ende los artistas se ajustan al orden económico que impone el sistema.

Pero como el deber ser del arte no es el esclavizarse al negocio y al comercio, porque en esencia su función es abonar una percepción libre de la realidad y de la sociedad, los artistas debemos participar en las políticas culturales concientizando al Estado y a la sociedad de que el arte es necesario en toda sociedad, porque contribuye a construir el pensamiento crítico y libre, porque construye espíritus creativos y transformadores, porque debe entenderse, además, como parte integral del sistema educativo en todos los países.

Esa así que el Estado debe velar por la preservación de expresiones estéticas, no seriadas ni industrializadas, el patrimonio vivo y creativo de los pueblos.

Un ministerio de cultura que no entienda que el verdadero arte es único e irrepetible, que hay procesos artísticos ajenos a las reglas de la oferta y la demanda, será un ministerio supeditado al comercio, no será un ministerio de cultura si no de mercadeo.

La Economía Naranja adopta las dinámicas del capitalismo, el arte no necesariamente se adapta al comercio.

 

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