Por: Carlos Granés

El arte y la crítica feminista

Feminismo, la palabra resuena desde hace algunas décadas por todos lados. En las aulas, en las columnas de opinión, en las redes… Es difícil que alguna propuesta política o alguna obra de la imaginación pase por el espacio público sin el escrutinio de la mirada feminista. Y no es extraño que esto ocurra. En Occidente, donde hasta el día de hoy resulta difícil para la mujer conciliar su vida familiar con la profesional, es normal que haya un gran interés en ver cómo se construyeron los prejuicios que dificultaron el natural desenvolvimiento de sus capacidades y ambiciones.

Pero cuando la crítica feminista entra en el terreno del arte a espulgar prejuicios machistas en libros o cuadros, o incluso cuando señala flaquezas morales en los autores, me pregunto si realmente consiguen algo útil para su causa.

Tiendo a creer que las críticas que señalan ciertas obras como portadoras de estereotipos perjudiciales parten de dos ideas erradas. La primera es que el arte debe ser moralmente bueno, y que, a la hora de crear, los mecanismos del superyó deben reprimir cualquier pulsión nociva —racismo, clasismo, machismo— que pueda albergar el artista. La segunda, derivada de la primera, es que el arte y los productos culturales tienen el poder de inocular en la conciencia de los espectadores las taras que el creador le imprime a su obra.

Estas premisas no me convencen del todo. A menos que quieran hacer libros de autoayuda, los creadores no escriben sólo con sus virtudes. Lo hacen con toda su personalidad, con lo bueno y lo malo, y muchas veces llevados por pulsiones asociales o nada ejemplarizantes. En el arte, sin embargo, estas mismas fuerzas nocivas pueden convertirse en maravillosas imágenes o en gran literatura. Schopenhauer diría que en eso radica su gracia: el arte nos permite gozar de tormentas pasionales y de repugnantes vicios que odiaríamos padecer en la realidad.

Ahora bien, ¿gozar con cuadros moralmente dudosos —los de Balthus, por ejemplo— supone alguna tara moral? O, peor aún, ¿incita a la misoginia o al machismo? Esto no tiene mucho sentido. Supone asumir que el receptor de una obra de arte es un ente vacío, sin capacidad crítica, condenado a replicar todo lo que ve o lee. Y no: el espectador siempre tiene filtros. Creer que estamos indefensos ante el arte es tan paternalista como la actitud de esos críticos del imperialismo cultural que se oponen a que los africanos vean series gringas por temor a que pierdan su autenticidad, o como la de los marxistas que alertaban sobre la ideología proimperialista que se colaba en los cómics que leían los niños.

No significa esto que crea que la crítica feminista sea estéril. Desde luego que es valioso examinar la manera en que se representa a la mujer en el arte y la literatura. Viéndose en ese espejo ficticio, moldeado por sensibilidades anacrónicas, las mujeres pueden decir: “Yo no quiero eso, puedo vivir de otra forma, no repetiré la misma historia”. Los estereotipos machistas legitimados por el arte sirven como una alerta en la vida real.

Aun así, no debemos olvidar que la misión del arte no es hacernos buenas personas (otro cliché). El arte nos hace más complejos. Y eso —ahí radica toda su gracia— es a veces bueno y a veces malo.

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