Por: Valentina Coccia

El arte y la educación para la paz

En este camino de reflexiones sobre los distintos usos del arte me he encontrado con varios ejemplos conmovedores y elocuentes, percibiendo que el arte realmente tiene el poder de sanar y de transformar. En el caso de Colombia la guerra y la violencia nos han aquejado durante mucho tiempo, y los distintos artistas han aprovechado el conflicto armado como materia prima de sus creaciones. Desde este punto de vista, el arte ha servido para generar consciencia en aquellos que no hemos sido afectados directamente por la guerra. La confrontación con la violencia de nuestro país nos incita a la reflexión y nos lleva a la empatía. No obstante, este círculo no está completo si la práctica artística no incide directamente en las vidas de aquellos que han sido afectados por el conflicto o de aquellos que han sido agentes del terror. De esta forma, me pregunto: ¿cómo puede ayudar la práctica artística a las víctimas o a aquellas personas que están en riesgo de serlo? ¿Cómo puede ayudar el arte a aquellos que han sido agentes de violencia o que se encuentran en posición de llegar a serlo?

En este caso, las artes cumplen un importante papel dentro de la educación para la paz. En este marco, el análisis de las implicaciones de la estructura violenta en la sociedad, la reflexión sobre los tipos de violencia que existen y la elaboración de propuestas de resolución de conflicto, juegan con la enorme capacidad de las artes para permitirle a víctimas y victimarios el reintegro a la sociedad. Esto se da, en primer lugar, porque el arte es una importante herramienta de comunicación. A través de la pintura, la danza, el teatro, la música o la fotografía podemos dar voz a ideas, necesidades, emociones o pensamientos en un lenguaje universal y comprensible para todos. Además, para llegar a este resultado, las poblaciones tienen que elaborar una reflexión previa que parte del análisis y superación de la estructura violenta. En segundo lugar, las artes ayudan a forjar y plasmar una identidad. A través de sus herramientas se reelabora la narración del pasado, y se rescata aquello que puede ser valioso pensando en la visibilidad que las poblaciones quieren tener frente a los demás.

Hace una semana visité la biblioteca Luis Ángel Arango, donde tuve la oportunidad de escuchar al maestro Baudilio Cuama, el rey de la marimba, el luthier del pacífico, el músico más importante de su región. Hablaba con sabiduría y contaba su historia con los ademanes típicos de la experiencia. En su voz resonaba el currulao, pero sobretodo, la paz; y es que la paz del maestro Baudilio viene de haber sido una víctima de la violencia. Dos de sus hijos fueron asesinados por grupos armados y al maestro le fue aconsejado salir de Buenaventura. Pero decidió quedarse: el arte de la marimba podía beneficiar a muchos jóvenes y evitar que se infiltraran en prácticas violentas. El maestro Baudilio finalizó con alegría y orgullo diciendo: “Hoy en día muchos jóvenes tienen en sus manos una marimba en lugar de un arma de fuego”. Los aplausos estremecieron el auditorio.

El arte propaga la paz: no solo porque ofrece una alternativa de vida para muchos, sino porque además permite que los actores del conflicto puedan replantearse su identidad, reflexionar sobre la resolución de sus problemas y, sobre todo, porque les otorga la oportunidad de darse a conocer comunicando su identidad y su realidad al resto del mundo. Un aplauso para aquellos maestros de arte que dedican sus vidas a esta labor.

@valentinacocci4, [email protected]

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