Por: Rodolfo Arango

El artista y la víctima del hambre

QUIENES VIERON LAS IMÁGENES DE televisión de miles de personas en situación de desplazamiento asentadas en el frío y lluvioso parque Tercer Milenio de Bogotá seguramente se estremecieron ante la situación de pobreza de estas víctimas del conflicto armado. De las imágenes de niños chapoteando en las frías aguas de una fuente, una resulta imborrable: la de un joven que se bañaba vestido a plena luz del día.

Las cámaras mostraron la escena de un muchacho que frotaba axilas, pecho y cabeza con abundante espuma sin despojarse para ello de sus ropas. Más que la incómoda forma de baño lo que llamaba la atención era la actitud concentrada y ajena del actor. Un cierto ensimismamiento escondía un dolor callado. Su situación generaba indignación ante el sufrimiento injustificado de otro viviente.

La figura del bañista vestido me recordó el relato de Kafka Un artista del hambre. En forma magistral el escritor checo recordaba a los ayunadores voluntarios que en jaulas exhibían ante el público su abstinencia de todo alimento bajo la vigilancia de guardianes que testificaban su proeza. El evento atraía a grandes y chicos cuyo interés aumentaba a medida que pasaban los días de ayuno. La expectativa creciente llevaba a algunos a permanecer días enteros frente a la jaula, alumbrada en las noches por antorchas que mostraban al artista del hambre bajo una extraña luz. El fantasioso relato permite ingresar a la psique del autor para desentrañar su mensaje.

Sin equiparar a quien elige el hambre y a quien forzosamente la sufre, tanto el relato como la imagen televisada representan el sufrimiento silencioso y la indolencia humana ante el mismo. El cuento kafkiano termina cuando el artista muere, olvidado por un público desinteresado y aburrido, luego del paso del tiempo que tornó prescindible el espectáculo. El furtivo semblante del bañista vestido también morirá en el olvido. Ambos actores reflejan la estética del dolor, la huella del sufrimiento. Lectores y observadores pueden ver en ambos casos la humanización de la víctima y deshumanización de los espectadores, acostumbrados a la miseria sin atender que ella también los degrada.

¿Por qué la insistencia en el ayuno? ¿De dónde la neurótica necesidad de limpieza? Ambas manías reflejan la búsqueda de sentido en la desesperanza y en la duda. El artista busca con el desprendimiento y la privación de alimentos abrazar un valor superior que le permita dar significado a su efímera existencia. La víctima del desarraigo violento recuerda el horror del refugio obligado, masivo, prolongado. La magnitud y duración de los eventos conducen a sospechar del artista y de la víctima, señalados de impostores o engañadores desde tiempos de Platón. No poco del marasmo de los funcionarios colombianos obedece a esos prejuicios. Que nos parezca “normal” su condición responde a la incredulidad ante el tamaño del sufrimiento.

El semblante del artista y la figura del bañista vestido nos sensibilizan frente al  abandono. Nuestra indolente sociedad se ha acostumbrado a los desplazados y no reconoce el horror en el que ella vive y del cual se alimenta. Los desarraigados son la “externalidad” de viles acciones y de la política de tierra arrasada ejecutada para favorecer el uso y goce de la tierra o su concentración ilícita a manos de paramilitares y guerrilleros. Para romper el círculo de hambre e insensibilidad, como en el cuento de Kafka, habrá que contar repetidamente el relato de los desplazados. Mantenerlos vivos en nuestra memoria nos permitirá con el tiempo asimilar su mensaje y solidarizarnos con las víctimas.

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