Por: Reinaldo Spitaletta

El asesinato de Maryorie

EL CORREO LLEGÓ CON SU MENSAje espeluznante. Era como un grito. Decía de la desaparición de una psicóloga clínica, empleada de la Alcaldía de Medellín, Maryorie Kisner Mira. Daba para pensar lo peor. Diciembre se llenaba de luces y fuegos de artificio. Estábamos removidos y conmovidos por las pirámides, los falsos positivos del Ejército, las emboscadas guerrilleras a policías, los nuevos pobres estafados y los alaridos de las semifinales de fútbol.

Las noticias sobre la caída de la segunda reelección uribista para 2010 nos refrescaban el ambiente sórdido de un país de violencia, de corrupciones sin límites, de cohechos e impunidades, de banqueros cada vez más ricos, de algunos periodistas cortesanos, de otros al servicio de traquetos y empresarios emergentes. Digo que diciembre llegaba con estruendos, con los ecos de un Presidente que se apodera de la televisión para decir que sus hijos (con extrañas relaciones con gentes de las pirámides) no eran “hijos de papi”, y por ahí, los guasones populares, con risita de por medio, replicaban que entonces serían hijos del lechero. O del carnicero de la otra cuadra.

Diciembre reptaba en las calles y los esquilmados por las pirámides seguían levantando la voz. El correo admonitorio llegó con sus malos presagios: la psicóloga, de 34 años, iba hacia el barrio Villa Hermosa a cumplir con sus trabajos de paz y reconciliación, y no arribó a su destino. Otra desaparecida. Una más. Y de pronto, uno se acordó de Omaira Montoya, quien para la estadística fatal figura como la primera desaparecida que hubo en Colombia, por allá en los setenta.

No sé cuántos desaparecidos desde entonces ha habido en el país. Son quizá cifras para el olvido. El caso es que diciembre se aparecía con palabras de un ex ministro de Hacienda que decía que había que rebajarles el salario mínimo a los trabajadores, tal vez haciéndoles eco a las demandas del Fondo Monetario Internacional. Al mismo tiempo, los sindicalistas (bueno, los sobrevivientes) apuntan a un alza del 15%. ¡Pobres trabajadores! Tan lejos del bienestar y tan humillados por el régimen.

“En Colombia es más fácil sacarle personería jurídica a una pirámide que a un sindicato”, dijo un dirigente de los trabajadores, cuando diciembre era propicio para la conmemoración de los 80 años de la masacre de las bananeras, borrada de la historia oficial y convertida en leyenda. El mes llegaba con su estropicio y sus bengalas a un país “vendido, rifado y empeñado” por su clase dominante, mientras, en el ciberespacio, seguía circulando el correo con tono de agonía acerca de una psicóloga, desaparecida en Medellín, cuando estaba ayudando a “sanar el tejido social”.

El correo tenía un tono desesperanzado y daba pistas de colores sobre la muchacha: vestía bluyín azul, camisa negra, zapatos negros y bolso beige. El cabello era café. Una foto la mostraba, carisimpática, con una blusa a rayas fucsia y verde cogollo. Agregaba, por supuesto, teléfonos y direcciones para quien supiera de su paradero. Diciembre ya empezaba a mostrar —al menos por estas trágicas tierras los primeros retazos de cielo azul—.

No falta quién diga que aquí todos los días desaparece gente. Y no pasa nada. O que si no analicen, por ejemplo, todos esos casos de desaparecidos, anunciados en falsos positivos del Ejército como muertos en combate, como triunfos de la seguridad democrática. ¿Y qué? ¿Cuántos sindicalistas asesinados, cuántas fosas comunes, cuántas masacres? Y nada. Datos para el olvido.

Diciembre estaba ahí, bullicioso y joven. Y entonces salió la noticia de pronóstico reservado. La psicóloga Maryorie Kisner Mira, de 34 años, fue hallada muerta en un predio del barrio Villa Hermosa. Era hora de borrar el correo y apagar el grito.

 

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