Por: Juan Gabriel Vásquez

El ataque de los nacionalistas literarios

NO HABÍA PASADO UNA SEMANA desde que hablé sobre la diputada argentina que intentó, en un ataque de politiquería culturalista, repatriar los restos de Borges, cuando me enteré de la pelea que hay entre los gobiernos de Moscú y de Kiev por el legado de Nikolai Gogol.

Aunque decir legado es una exageración: rusos y ucranianos no se reclaman como herederos literarios del gran Gogol: simplemente quieren que su gentilicio figure al lado del apellido. Seamos sinceros: por más veces que citen Almas muertas, lo que ucranianos y rusos quieren es que en las enciclopedias del mundo se lea “escritor ruso” o “escritor ucraniano”. Quieren imagen, y un escritor de enciclopedia (por razones que a varios les resultarán, excusablemente, incomprensibles) da imagen. Por eso, por marketing, reclaman los países a sus escritores. Porque tener a un Dickens o a un Hugo da más publicidad, aunque no se vea, que una leyenda imbécil tipo Colombia es pasión.

Y mientras eso pasa, mientras publicistas, políticos y diplomáticos ucranianos se desviven buscando la forma de probar que Gogol era más ucraniano que ruso (los escenarios de Taras Bulba, por ejemplo), y los rusos se burlan del empeño alegando las cosas más evidentes (la lengua rusa en que Gogol escribía), uno piensa que detrás de todo el tema, como es apenas obvio, está el asunto de la nacionalidad. El gobierno ucraniano quiere a Gogol por la misma razón que los irlandeses quieren a Joyce y los argentinos a Borges: por ser de donde eran. O, mejor, porque siendo de donde eran son una gran propaganda del país que los produjo. Se creen que los países realmente producen a sus artistas; que Joyce no sería Joyce sin Irlanda. Uno les dice que Joyce salió de Irlanda poco después de los veinte años, y escribió las novelas que le dieron el lugar que tiene (y a Irlanda la fama que tiene) en todas partes menos en su ciudad: en París, Trieste o Zurich, pero no en Dublín. Y ellos como si lloviera: Joyce es la definición de lo irlandés.

Lo que quiero decir es que, como sigan por estos caminos los nacionalistas de la literatura, los espectadores nos vamos a divertir de lo lindo. Yo quiero estar ahí cuando los rusos, los gringos y los suizos comiencen a pelear por Nabokov: el país donde nació, el país en cuya lengua escribió y el país donde murió. O cuando polacos e ingleses peleen por Conrad: ¿a quién pertenece el autor de Nostromo, novela que ocurre en un ficticio país sudamericano: a Polonia, donde nació el autor, o a Inglaterra, cuya lengua le permitió escribir la historia? Yo he visto a más de un estudiante rompiéndose la cabeza por no encontrar, entre los escritores británicos, a T.S. Eliot, quintaesencia del escritor británico: les faltaba el dato de que el hombre nació en St. Louis, Missouri. Que llamemos a Beckett escritor irlandés, a pesar de que fue en francés que escribió Esperando a Godot, es una victoria diplomática de Irlanda.

Un escritor es su lengua: si la Ucrania de Taras Bulba tiene tanto mérito, no es por la tierra que prestó sus paisajes, sino por la lengua en que esos paisajes quedaron para siempre. Pero las lenguas no son sus países: ni Rusia ni ningún gobierno ruso hizo jamás nada que permitiera a Gogol escribir las frases que escribió. Así con Joyce, con Borges, con Nabokov. Así con todos los que vendrán.

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