El aullido antirracista

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El gesto recuperó su protagonismo, luego de semanas de amordazamiento. Escribo el 7 de junio, cuando en las principales ciudades de los Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania las calles escenifican la iracundia contra el racismo que desató el estrangulamiento de George Floyd a manos de un policía de Minnesota. Hay multitudes sin tapabocas para revelar su identidad, con el miedo por el contagio en el cuarto de san Alejo. Somos testigos de una rebelión sin precedentes, contra la injusticia y el anonimato que espolearon encierro y distancia social. Que las cámaras revelen caras tensionadas y las muecas que estampa el grito. Que sea evidente una agonía, la cual refuerzan las coreografías de la exasperación con sus puños al aire y carteles que dicen: “No puedo respirar”, “Las vidas negras importan”, “Sin justicia no hay paz”.

En Washington, el presidente Trump se refugió en un búnker, acobardado por la iconografía desafiante. El fiscal general tuvo que reunir al menos seis cuerpos armados que salieron dramatizando el amedrentamiento de caras enmascaradas y cuerpos acorazados. Ejecutaron la danza del bolillo, los disparos de goma y los gases lacrimógenos, apoyados por helicópteros que iluminaban a quienes el régimen graduaba de terroristas. Despejada la plaza de Lafayette, mediante la demostración de fuerza, vino el baile de la calma: presidente, agentes de seguridad y asesores marcharon parsimoniosamente hasta la iglesia de San Juan, donde él alzó con la mano derecha la biblia que su hija Ivanka le había alcanzado, luego de sacarla del bolso —que se viera— MaxMara de US$1.540. El retrato de una cara amargada buscaba darle contundencia a las palabras “soy su presidente de la ley y el orden”, falseada por otra frase del mismo mandatario: “hago lo que quiero", con la ilusión de ser aclamado por quienes admiran su mano dura. Sin embargo, antes de que hubiera transcurrido una semana, varios senadores de su partido, el expresidente George Bush, y hasta el propio secretario de Defensa unían sus voces a las de los congresistas demócratas objetantes de sus métodos. Por si fuera poco, la alcaldesa de Washington bautizó y pintó una calle cercana a la Casa Blanca con letras amarillas y el nombre del movimiento “Las vidas negras importan”. Y los clérigos que atendieron a los manifestantes golpeados y gasificados opinaron que Trump había profanado el libro sagrado dándole uso político.

Para quienes protestan en el hemisferio norte contra el racismo es más relevante el aullido de ira que la asepsia. No obstante, aquí las transgresiones a la cuarentena más bien son para rumbas con putas, sin lamentos públicos por la manera como la brutalidad policial le abrió el cráneo a otro joven negro, Anderson Arboleda, hallado frente a su casa cuando comenzaba el toque de queda del 20 de mayo en Puerto Tejada. Si no hubiera sido por la ira que desató el homicidio de George Floyd, en Colombia la atrocidad contra Arboleda seguiría tan oculta como otras que involucran gente negra e india, al parecer parte del escabroso paisaje cotidiano que hace trizas la paz. Y aún frente a semejante demostración del racismo que desde los años de la Colonia nos ha dominado, el 5 de junio, Hora 20 de Caracol Radio intentó responder si Colombia tenía ¡un problema de racismo estructural en la sociedad!

* Profesor de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

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