Por: Eduardo Barajas Sandoval

El autobús extraviado de la mentira

Las aventuras electorales, cuando se montan sobre supuestos erráticos, son la simiente de equivocaciones históricas difícilmente reparables.   

Durante la campaña que terminó en la decisión del brexit, los partidarios de la salida británica de la Unión Europea hicieron desfilar ante los ojos de los electores un autobús rojo de dos pisos que llevaba por los lados escritas tres frases: “Nosotros enviamos a la UE 350 millones de euros cada semana”, “financiemos más bien nuestro servicio nacional de salud” y “tomemos otra vez el control”. El argumento remataba con el llamado a votar por el Sí. 

La aparente contundencia de esas frases contribuyó a que muchos británicos, convencidos de la justa sencillez de la propuesta, se decidieran en favor del retiro. Todo para saber que, pocos días más tarde, el principal instigador de la salida, Nigel Farage, admitiera que el dato de las contribuciones semanales a la Europa comunitaria no era verdadero, ante la comprobación del Departamento de Tesorería, que precisó la cifra de los traslados a los fondos de la Unión en mucho menos de la mitad. 

La conciencia y la satisfacción ciudadanas, después de haber manifestado su voluntad en ejercicio sincero de su cuota de poder, quedaron así golpeadas, sin remedio aparente, pues el arrepentimiento posterior de los votantes engañados no puede conducir al reverso de las decisiones. De manera que, en el ánimo político de muchos, todo lo que quedó de la experiencia, además del espectáculo de un proceso de retiro lleno de vicisitudes y desconfianza, fue la frustración y el detrimento tanto de la credibilidad de la clase política, como de la nitidez de los elementos que buscan atraer la voluntad popular. 

El incidente no es, sin embargo, ajeno a un clima enrarecido de la vida política y de las relaciones entre el liderazgo y las comunidades de votantes, que se deben expresar políticamente en crecientes condiciones de confusión. Confusión marcada por el pragmatismo de todas las partes. En primer lugar, de los políticos, que montan supermercados con oferta de productos de diferente índole, sin detenerse ante contradicciones doctrinarias que en otra época les habrían hecho sonrojar. Y también pragmatismo de los votantes, que escogen a su conveniencia, sin sentido prospectivo, con la mirada puesta en las preocupaciones de un presente que se puede esfumar a la vuelta de pocos días. 

Los ejemplos abundan. La campaña presidencial de los Estados Unidos mostró el éxito de un extraño populismo liderado por un millonario con quien muchos frustrados en sus sueños de riqueza se quisieron identificar, como si el hecho de tenerlo de aliado les fuera a colmar su ambición. La campaña francesa terminó con el triunfo del más avezado de los pragmáticos, mientras los socialistas sucumbieron por su ineptitud para resolver problemas con una lógica a mitad de camino entre sus viejos postulados y los requerimientos de un mundo alrevesado. Y la campaña alemana ha terminado con la peor presentación del centro derecha, lo mismo que del centro izquierda, ambos hasta ahora unidos en un frente que no tiene futuro, mientras se abrió paso una derecha extrema y elemental que se cierne como amenaza en medio de la confusión. 

Ese es el ambiente en el que se desarrolló la idea de celebrar un referendo en busca de la independencia de Cataluña. Proceso que lleva ya varias etapas de recorrido y que, por lo menos desde mediados del siglo XIX, ha vivido una sucesión de episodios, desatados generalmente por periodos de crisis económica, y animados por las ilusiones, los fantasmas, los mitos y las promesas de un nacionalismo que jamás ha dejado de existir. Los catalanes, que antes de la unificación de España anduvieron sueltos por el Mediterráneo, y dejaron huellas en lugares lejanos, quieren volver a su vieja historia, separados del conjunto del que muchos han considerado el país más fuerte de Europa, en cuanto hasta ahora, dicen, ha sobrevivido todos los intentos de desbaratarlo. 

El proceso que condujo al referendo del domingo pasado no ha obedecido a un manejo impecable de ninguna de las partes, esto es de los independentistas y del Gobierno central. Conforme a su lógica de rebeldía, tal vez hayan sido un poco más consecuentes quienes apelaban a alguna expresión de voluntad popular para justificar una declaración de independencia inminente, dentro de una consulta totalmente atípica desde el punto de vista formal, pero aupada a la informalidad y la improvisación por las faltas de un Gobierno central que, con el argumento del cumplimiento de su deber en defensa de la institucionalidad y la unidad del Estado, apeló al uso de la fuerza, con el efecto inmediato de animar la voluntad separatista, en lugar de atenuarla. 

En el momento de la resaca de una secuencia de acciones por fuera de la legalidad, pero al servicio de una causa que busca precisamente deshacerse de esa legalidad, comenzarán a salir las verdades sobre los argumentos de cada quien en la puja por evitar, o por hacer efectiva, la capacidad de supervivencia de un Estado catalán. Entonces se comenzará a saber si la veracidad estuvo presente en los listados de opciones por parte de los políticos, y si los ciudadanos elevaron su exigencia de rigor dentro del fragor de la disputa. 

Entre tanto, y mientras se aclaran esas cuentas, el espectáculo protagonizado por un país que se considera de alto nivel de desarrollo social y político, en pleno escenario europeo, deja mucho que desear. La falta de insistencia, y sobre todo de voluntad, en el adelanto de negociaciones en busca de una autonomía verdadera, dentro del marco de España, para una región que tiene efectivamente su propia personalidad y su propio peso económico y cultural, constituye una derrota no solo para la democracia española, y para su imagen ante el mundo, sino un mal ejemplo que surge de un continente en ebullición, en contravía de la impresión que había sido capaz de producir como supuesto paradigma de sosiego y civilización. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

El general educador

El despido de los guiñoles

Un relevo inaplazable

El retorno de Mahatir

Política exterior de facto