Por: Columnista invitado

El aventón

Tener alguien que lo arrime a su casa a las 6:00 de la tarde en Bogotá es un placer inexplicable.

 Es parecido al que uno siente cuando mira el despertador y quedan dos horas de sueño. Uno piensa por dentro: ¡gracias, otro día sin bus!

Yo hago el favor cuando puedo, porque siento que en algo ayudo a disminuir ese desespero típicamente bogotano, esa cara de suicidio que pone la gente en los portales al tener que escoger entre el hacinamiento de bus o la manoseada en Transmilenio.

Por eso, si tengo carro, acerco. Así me convierta en una suerte de transporte público, pero por lo menos hago mi ruta acompañada con alguien que me hable, aunque sea del clima. Porque eso de seguir derecho y hacerse el loco viendo a los demás haciendo curso de paleta, no es lo mío.

Así que no dudé en pitarle a Luis Fernando Mathew cuando lo vi en plena calle 72 con Séptima. El hombre estaba empapado, con su vestido de paño escurriendo, esperando al primer articulado que se compadeciera. Era él. Estaba segura. Un tipo así de alto y narizón es inconfundible.

Además me estaba mirando. Tenía que ser el famoso “conocido” de mi mamá. El de la oficina. El que “es un plato”, el que no hay quien lo calle. ¡Qué pena que me vea y yo siga derecho!, pensé, y le hice señas.

—¿Yo? —me dijo mientras se señalaba y me abría los ojos.

—¡Sí! Súbete.

No lo dudó. Pegó el brinco para saltar el charco, corrió y se subió al carro. Entonces empezó la conversación más larga y monosílaba de mi vida.

Empecé a hablarle de su trabajo, de su nueva oficina. El tipo callado. Subí el volumen de la emisora para romper el silencio. El tipo mudo y quieto. Íbamos apenas en la 80 con Séptima, pero yo sentía que había manejado hasta la catedral de sal. Me daba pena mirarlo porque creía que iba a ser todavía más incómodo.

Saqué a flote mi último recurso. —¿Y es que he crecido tanto que no te acuerdas de mí, Luis Fernando? —le pregunté mientras me fijé por primera vez en su cara.

—Es que yo no soy Luis Fernando.

Me ataqué de la risa. No sé si de nervios o de pena, pero no paraba de reírme y sólo atiné a decirle a alias Luis Fernando que se bajara. Ya estábamos por la calle 90 con Séptima y entonces me di cuenta de que había acercado a un completo extraño que creía conocer hace años. No sé qué fue peor. Si yo en mi ceguera o el hombre en su atrevimiento. Pero hasta lo entiendo. Pensándolo bien, yo también haría lo que fuera por otro día sin bus, y más lloviendo...

 

Juanita Vélez Falla*

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