Por: Aura Lucía Mera

El avestruz

SUS PATAS SON GIGANTES, CON LA uña frontal, si atacan de frente, pueden partir un ser humano en dos. Sus plumas de diversas texturas sirven para ropajes, plumeros, coronas, sombreros. Sus huevos   sirven para almacenar agua, guardar tesoros, decorar casas, y son tan resistentes que un hombre corpulento puede pararse encima de ellos sin romperlos.

Sus ojos son seductores y tiernos. Corren veloces, y cuando se asustan y quieren desaparecer, esconden la cabeza en la arena para que nadie los vea. “No veo nada, luego no existo”, parecen querer decirnos, sin importarles que sus alas enormes, sus plumas desparramadas, sus patas largas, sus garras, sus cuellos jirafudos queden al descubierto. Como no ven, nadie las ve.

Así estamos. Avestruces escondidos en la tierra. El enemigo no existe mientras no lo nombremos. La enfermedad no existe si no la mencionamos. Mientras tanto, como en el poema de Zalamea, “crece la audiencia”. El consumo de alcohol y drogas psicoactivas se dispara entre los adolescentes como cohetes de fin de año. Estallan mentes, se desparraman venéreas, se esconden fetos abortados, se multiplican las bandas juveniles, sube el nivel de intolerancia y violencia, los colegios se convierten en guaridas, las discotecas en “ollas”, los parques apestan olores densos, los decibeles retumban, las normas se evaporan y desaparecen y cientos de miles de jóvenes caen en la trampa letal de la adicción.

Ningún centro de recuperación de adicciones tiene ayuda estatal. Ningún sistema de salud cubre este flagelo. No se vislumbra ninguna legislación al respecto. Se denomina “vicio” lo que la Organización Mundial de la Salud definió como enfermedad primaria, progresiva y mortal. La juventud del país se desliza inexorablemente por esta pendiente vertiginosa ante la indiferencia de gobernantes, legisladores, educadores y progenitores. Familias enteras prefieren callar para no sufrir el estigma de tener un “hijo alcohólico o drogadicto”, prefieren sufrir el infierno en privado antes que reconocer el problema.

El alcohol es una droga líquida aprobada socialmente. Los rumbeaderos la expenden sin pudor a menores de edad. Los inhalantes, las pepas, la cocaína, el bazuco, la marihuana, la heroína, los poppers circulan en cada esquina. La política antidrogas no sirve para nada, mientras no se enfoque la adicción como lo que es: una enfermedad progresiva y mortal que siempre va de la mano con la violencia, la sangre, los abortos, las venéreas y la insanidad mental.

Conozco un poco del tema. Soy adicta. Viví muchos años atrapada en el infierno del alcohol, la cocaína y los tranquilizantes. Gracias a un poder superior, a terapistas profesionales, a confrontaciones dolorosas quedé viva, y mis hijos y nietos pueden disfrutar una mamá-abuela divertida y contenta. Muchos no lo logran. Seres estupendos, jóvenes  sensacionales, hombres y mujeres sensibles y valiosos se quedan a mitad de camino, víctimas de esta trampa mortal. Cementerios, cárceles y asilos mentales son sus destinos prematuros. Es hora de una política de Estado al respecto. Estamos en plena epidemia. No escondamos más la cabeza como el avestruz. Tiene la palabra el honorable Ministro de la Protección Social. Tienen la palabra los honorables congresistas que aún quedan en sus sillas. Tienen la palabra los honorables concejales mientras cobran cumplidamente sus honorarios. Tienen la palabra alcaldes y gobernadores. Lo único que por ahora tienen prohibido en los sagrados recintos es fumar.

 

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